SÓLO los rótulos o cierta cultura penitenciaria han permitido a muchos discernir que Jaume Matas entraba en una prisión de Segovia y no en el gimnasio. El dress code de la revolución bolivariana viste la recepción de una naturalidad que amortigua la pena exhibida por algunos dirigentes del Partido Popular, a los que ya sólo queda el consuelo de que a su ex compañero le vaya entre rejas como a un auténtico corrupto, y no como a un falso monje shaolín.

En el PP acompasan declaraciones embargadas por una envidiable inocencia colectiva, con paladares tan exquisitos como el de Martínez Pujalte, cuya degustación permite escalas tan fenomenales como la del tráfico de influencias muy liviano, como si en lugar de un delito aludiera al espesor de un conjunto de ropa interior de Miranda Kerr. Mientras, en la oposición, se visita a Matas con la misma mano izquierda con la que se enfundaban trajes blancos en Camariñas, retozando en el chapapote, y exponiéndose como ejemplo mientras se señala al culpable con el rastrillo.

La habitación del pánico, en EL MUNDO

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