En algún lugar del cosmos

Me da rabia que Stephen Hawking esté muerto, porque esto le hubiera encantado. A veces no hace falta irse hasta agujeros negros para verse frente a frente con una paradoja cuántica. A veces basta con abrir el buzón, y ver una tarjeta de crédito a tu nombre, que no has pedido, y de un banco que no es el tuyo, y hacer una llamada al servicio de atención al cliente para que se colapse el universo.

Llamó mi mujer. Ella es la titular de la cuenta. Tras un buen rato de espera, y de pulsar los últimos dígitos de su DNI, los últimos dígitos de su cuenta corriente, y los últimos dígitos de la tarjeta de crédito, y los últimos dígitos de su código de acceso al banco por internet, logró hablar con un ser humano. Le dijo que no había pedido ninguna tarjeta de crédito para su marido. Pero le respondieron que se trataba de una reposición, y que iba a salir por un ojo de la cara. El tipo iba a por el ascenso.

En algún lugar del cosmos en EL MUNDO

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Llena de gracia

Mi amigo Mariano, nombre real, decía que la montaña de la salinera de Ibiza era el mejor lugar de la isla para esconder cocaína. Cada vez que íbamos a la playa señalaba la montaña de sal y, con la misma mano, me daba un manotazo en el pecho, como para recordarme que, una vez más, estábamos palmando pasta por culpa de ir a la playa. A veces las cosas no son lo que parecen, y ya no digamos nosotros cuando las vemos.

El otro dia escuché a un ex yonqui decir que la Galicia de los ochenta era una abuela en el campo con una vaca, a la que le ibas a comprar una papelina de cocaína. Me acordé de él esta semana al ir a la tienda de la señora Catalina, el colmado que tengo al lado de casa en el que se compran desatascadores, rastrillos de playa, pavos rellenos, piedras pómez, sacos para el pan, pijamas de caballero de manga corta y botones, turrón y bragas de cuello vuelto. También se consigue curro, se cuidan bebés y probablemente se tramiten pasaportes falsos.

Llena de gracia en EL MUNDO

Badén

Iago ha aprendido a decir badén. Yo esperaba que este mes aprendiera a decir gol, pero le ha tocado badén. No tenía la sensación de que nuestra vida transcurriera por demasiados badenes, pero a veces hace falta un niño de dos años para descubrir cómo está el mundo. Empezó en una pequeña excursión por la ría de Pontevedra hasta La Toja. La última vez que había recorrido esa carretera conducía mi padre porque yo no tenía carnet, ni quinto de EGB. Y ahora los tenía a los dos en el asiento trasero celebrando badenes.

Me había prometido no volver a ir por allí porque me recordaba a los veranos con la abuela en Sanxenxo, así es que nos fuimos a comer a Sanxenxo, justo al lado de su casa, frente a la playa de Lavapanos. La cosa mejoró bastante porque íbamos vestidos de playa y comenzó a llover. Pero ya no podía seguir escondiéndole a Lur esta parte de mi vida, como si en ese escenario ocultara otra esposa, y otros hijos, que quizá también decía badén, pero con acento de la ría. Aunque algo de eso había, porque le hablé de un primer amor que me trataba con crueldad, como solo puede hacerlo una niña de nueve años.

Badén, en EL MUNDO

Una droga

Leo con cierta decepción que los científicos cifran en tres años y medio el momento en el que el ser humano archiva su primer recuerdo. El mío es una camiseta del Narajito del mundial del 82, lo que significa que ya tenía cinco años, y también que no debía ser un niño muy espabilado, o el mundo un lugar muy poco interesante. Es un recuerdo absurdo. De hecho es probable que ni siquiera sea un recuerdo real. La memoria es caprichosa, ya lo explicaba Groucho Marx: “¿Que por qué estaba yo con esa mujer? Porque me recuerda a ti. De hecho me recuerda a ti más que tú”.

Lo digo porque estoy haciendo unos esfuerzos verdaderamente absurdos por compartir el mundial con mi hijo de dos años, como si dentro de cuatro pudiéramos comparar la evolución de algunas selecciones. El calendario ha querido que la mayor parte de los partidos le pillen en la siesta o a punto de irse a la cama. Entonces le hago una foto con el móvil y la tele de fondo, para que de mayor no pueda culparme de haberle privado de vivir el Suecia-Corea.

Una droga en EL MUNDO

Esto es un bolígrafo

Su biografía dice que nació al mismo tiempo que Raymond CarverLuis Aragonés y Fujimori, como si eso fuera posible. En una época en la que parecía que siempre andaban pasando cosas, que si una guerra civil, o que si los nazis invadiendo Austria, mientras al otro lado del charco salía el primer comic de Superman, y en Texas se descubría el teflón.

Cuenta que ser un niño de postguerras consistió en transportar por la calle un bloque de hielo hasta un cajón al que llamaban nevera; en tener un circo de moscas, y en alimentarse con un pan de harina e insectos. Y eso que los primeros tiros no los escuchó hasta la mili. Al parecer un compañero que pasaba miedo en la garita les despertaba cada noche disparando contra las sombras, hasta que le cambiaron el fusil por unas piedras.

Esto es un bolígrafo, en EL MUNDO

Payaso espacial

Lo he comprobado y el listado de astronautas a los que les está costando la reentrada en la atmósfera es larguísima. Gistau trataba el otro día de entender cómo alguien como Pedro Duque, capaz de cumplir “semejante fantasía infantil” se metía ahora en la “ciénaga miserable de la cotidianidad política”. Y recordaba que peor había sido lo de Jim Irvin, quien tras conducir su todoterreno por la superficie lunar dedicó el resto de su vida a buscar el arca de Noé por el monte Ararat.

A Alan Bean le dio por pintar, pero siempre el mismo cuadro. A Edgar Mitchell por creer en los extraterrestres, y en que le curaron un cáncer de riñón por sanación remota mandándole ondas cerebrales. Lisa Novak intentó secuestrar y asesinar a una ingeniera de la NASA con la que se había largado su pareja y compañero de tripulación del Discovery. En Rusia todavía se preguntan de qué se estaban descojonando DobrovoiskyVlokov Patsayev cuando sacaron sus cadáveres de sonrisa congelada en perfecto estado de la Soyuz XI en 1971.

Payaso espacial, en EL MUNDO

El de los muertos

Hay semanas de lo más tonto. Sin ir más lejos, la pasada Pedro Sánchez andaba lamentando el fallecimiento de Philiph Roth Pablo Iglesias la compra de un chalet, sin saber que ambos hechos convergían en una frase de ‘El mal de Portnoy’: “No pretendo convertirte en una burguesa, Naomi. Si la cama te parece demasiado lujosa, podemos hacerlo en el suelo”. Estaba claro que la moción de censura era inminente.

La semana pasada Mariano Rajoy tenía la certeza de que ésta iba a ser presidente del gobierno. Aunque no debemos culparle, considerando que yo mismo, la semana pasada, tenía la certeza de dónde estaba el polo sur, y ésta me descubren que estaba a más de 3.000 kilómetros del polo sur. Mi reto para la próxima será saber dónde está Pedro Sánchez, porque la pasada estaba en no gobernar con independentistas, o en que los presupuestos aprobados por el PP y Ciudadanos traerían “más desigualdad”, y esta pretende gobernar con ambos. Pero como dijoIrene Montero, “nadie está libre de contradicciones”, en referencia a lo del chalet, o a lo de los partidos viejos, o a lo de la cal viva, yo qué sé ya.

El de los muertos, en EL MUNDO

Decir lo que pasa

Ya sé lo que pasa con el novio porque lo había visto otras veces. Es más, es probable que yo mismo lo hubiera protagonizado otras veces. La chica lloraba dentro del coche, uno rojo que parece una manzana. Estaba aparcada en su plaza, dentro de la urbanización, y además de llorar, pulsaba frenéticamente las teclas del móvil, como si modelara un cenicero de plastilina. Ese es el momento clave. Cuando debes decidir si volver a arrancar, con la esperanza de una reconciliación, o salir y entrar en casa, como si todo hubiera terminado para siempre. Por eso es mejor quedarse en el coche, donde todo es posible, incluso que venga a rescatarla, como a la princesa gusano de una manzana envenenada.

La última vez que la vi llevaba a mi hijo a la guardería. Últimamente le ha dado la manía de aprender a hablar. En el trayecto, de unos trescientos metros, señala y dice lo que pasa, casi siempre lo mismo, pero con el entusiasmo de un descubrimiento extraordinario. Entonces grita “anón”, y yo grito “camión”, con el mismo entusiasmo y nuestros puños en alto. Y luego dice “oto”, y yo digo “moto”, y lo celebramos también. Y luego “aiota”, y yo, “gaviota”. Y lo abandono en la guardería con un beso que jamás me devuelve, como si no pudiera aportar nada más a nuestros trescientos metros de palabras.

Maldito chalet

Antes de que mi padre decidiera que viviríamos en un chalet, mi infancia transcurría como la de cualquier niño gallego de los ochenta. Jugábamos al fútbol en la plazuela, entre la iglesia de la Santísima Trinidad, la cárcel vieja y la calle de las putas. Y bajábamos al cauce del Barbaña a aplastar con piedras las jeringuillas de los toxicómanos.

Fue bastante duro perder todo aquello a cambio de una piscina y un dormitorio en el que podía aterrizar un helicóptero. En realidad las aspiraciones de mi padre se limitaban a comer cosas que hubiera plantado él mismo. Aunque al final, en su cabeza, aquello debía tener mejor pinta, porque pronto empezó a esconderse junto a la caseta de las herramientas a echar cigarrillos sentado en una carretilla. Y allí seguiría de no ser por el cáncer de pulmón, y de que tras vencerlo decidiera irse con mi madre a conocer, como Ismael en el arranque de ‘Moby Dick’, “la parte acuática del mundo”, de la mano de Costa Cruceros.

Maldito chalet, en EL MUNDO

Las abuelas de terracota

PEl manual dice que para dar un golpe de estado lo primero que hay que hacer es cortar las comunicaciones, bombardeando antenas y canales de televisión. En Ourense bastaría con entrar en el Palacio de Oca y quitarles las barajas a las abuelas, o simplemente los ases y los comodines. El chinchón ejerce de coartada para hacer girar el universo, y boicotear panaderías, y dependientas de mercería, y decidir elecciones, y compartir vídeos de gatos y bebés, entre los que se cuela la red oscura y jubilada de las fake news. Estos días, con unas declaraciones inventadas de Pablo Iglesias pidiendo la retirada del voto para los mayores de 65 años.