Leche frita

No tengo ni idea de si mi padre, cuando le pidió ‘de casar’ a mi madre, le prometió que la iba a querer toda la vida. Sé seguro que mi madre no lo hizo, aunque a cambio le prometió leche frita de postre hasta que la muerte les separara. Está acreditado que mi madre incumplió su promesa desde la primera semana, así como que va camino de cumplir lo que no quiso prometer, y evitar que mi padre se fugara a una repostería.

Semanas antes de la boda, mi padre cometió un error imperdonable en la típica comida de domingo en casa de sus suegros. Mi abuela, informada por su hija, le preparó leche frita de postre, y a mi padre se le ocurrió decir que, aunque estaba buenísima, la de su hija era mejor. Quizá pensó que era un cumplido, o que a quien iba a importa sacrificar un alfil por la reina. Salvo que seas el alfil. Mi abuela tenía fama de buena cocinera, cosa que nunca pude comprobar, pero que confirma que durante aproximadamente veinte años, lo que equivale a mil domingos, lo que equivale a mil postres, lograra que mi padre no volviera a comer leche frita como que me llamo Celia.

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Bésame, tonta

Pocas cosas más tiernas que los besos de abuela, especialmente si son muy desagradables. De esos que escarban en las mejillas con los labios como para enterrar un tesoro o redactar una novela. No son besos, son un legado, una forma como otra cualquier de intentar pasar a la eternidad, la transmisión de un gen por vía tópica.
Yo temblaba cuando la abuela Amparo aparecía con sus amigas rumbo a mi cara. Llegaban precedidas de perfumes narcóticos, que te dejaba tan aturdido que podrías perfectamente ser sacrificado conforme a la ley islámica, y vendido en una carnicería halal. Te agarraban la cara con las dos manos, grabando huellas del oro y piedras preciosas, y después las usaban como parapeto del maquillaje, para besarte sin tocarte la cara; de forma que los besos se reducían a su manifestación onomatopéyica, que entraba en los oídos como metralla. Cualquier error en la ejecución se pagaba con pañuelo de tela con saliva.

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60 centímetros

Apenas unos centímetros han cambiado para siempre la vida de muchos hombres; desde los 55 de Bob Beamon a los 24 de Roco Siffredi, que también habrían sobrado a Cardeñosa para evitar pasar a la historia. La mía va a cambiar por 60. Los que necesito para mover una puerta y recuperar mi despacho de soltero. Cuando te enamoras de una mujer como la mía lo normal es que primero pierdas la cabeza, luego el lado bueno del cheslong, y un buen día tu jornada laboral acabe arrinconada por un armario del tamaño de una plaza de garaje.
En el Hotel Overlook de ‘El resplandor’ el negro decía en la despensa que podías pasarte seis meses sin repetir un solo plato. Lur podría pasarse el mismo tiempo sin repetir un solo zapato. No es que dudara de mi talento cuando se casó conmigo, simplemente creyó que algún día necesitaríamos que dejara de escribir para ponerme a trabajar.

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¡Por el amor de Dios!

Ver una caña de chocolate y pensar en San Juan Bosco, y ver un helado de cucurucho y pensar en María Auxiliadora es mi trauma favorito de la infancia. Los caminos del Señor son inescrutables y eso incluye también al tubo digestivo. Los Salesianos lo sabían, y así se premiaba nuestra asistencia a las dos citas religiosas más importantes del calendario escolar. Era publicidad subliminal comestible.También matemáticas, en concreto una regla de tres, por la que habría una recompensa después de la muerte como la había después de misa de doce.

Lo cierto es que para ser un colegio y luego instituto solo para chicos rezábamos poquísimo, lo que distaba mucho de ser todo lo que sabíamos. Se nos pegaba de forma coherente para mantener el silencio en la oración, por lo que desarrollamos desde temprana edad códigos de conversación gestual como para secuestrar con diligencia un avión.

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Infidelidad rápida

Tiene cierta lógica enamorarse a primera vista en un restaurante de comida rápida, incluso si ya te estás marchando. A veces uno cree que si no queda comida en el plato y ya tiene la chaqueta puesta está libre de cometer una infidelidad.

El problema no es mirar, que también. De hecho Lur y yo miramos muchísimo. Y nos damos codazos. Debemos tener los húmeros llenos de surcos como la escalinata de mármol que baja a la cripta de la catedral de Santiago. Supongo que hay un punto intermedio entre la infidelidad bisexual de los Underwood, y lo que viene a ser una simple comprobación de las constantes vitales de tu pareja, ya sea para conservarla o para escribir ficción; tanto la inventada como la que vive la realidad de tu cabeza y paga la guardería.

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Para fusilarlos

Los días buenos, en casa de mi suegra, hay lasaña. Entonces suelto algunas onomatopeyas de satisfacción y ocupo mi sitio a la izquierda de mi suegro, y a la derecha del altarcito con las fotos de las bodas de sus hijos. Cuando te casas te ascienden allí y cuando te divorcias sales, con precisión sentimental de registro civil. El otro día vi que Lur y yo, los únicos supervivientes, ya no estábamos. En su lugar había un termómetro digital enorme, de esos que también te dan la hora y la humedad. No recordaba habernos divorciado pero preferí no preguntar nada hasta terminar la lasaña.

La semana pasada en lugar de lasaña había un candidato a la alcaldía. Estaba en el sofá, acompañado de su asesora, y escuchaba las quejas de mis suegros. Como no sabía si les hacía gracia que hubiera un periodista decidí quedarme, aunque la asesora pulsaba de vez en cuando mis reacciones, como en esas casas a las que vas por primera vez y tienen gato.

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El fraile del tiempo

De niño, a la abuela Amparo, siempre le pedía que me comprara una bolsa de indios, como si fuera tratante de esclavos. Eran de plástico y en posición ‘manspreading’ para incrustarles el caballo. Los vendían en los puestos que se montaban bajo el puente de la Burga, como si todos los ataques Cherokee que armaba mi imaginación surgieran de entre la niebla de las aguas termales.

Nunca he sido niño ni hombre de caprichos. Cuando Lur me pregunta qué quiero de regalo voy inmediatamente al cuarto de baño para ver cuánto queda de desodorante, pasta de dientes, o si la colonia me llegará hasta las próximas navidades. Por eso siempre llevo encima un montón de chaquetas y bufandas, y poquísimo desodorante.

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Abrir después de morir

Cuando vuelves a casa de tus padres por Navidad te encuentras cosas rarísimas, principalmente a tus padres, a los que la edad obliga a interpretar un guion cargado de tareas cada vez más inútiles y preocupaciones intempestivas, que uno contempla como el derrumbe de un imperio. Te abrazan con fuerza al llegar y aún más al irte, como si abrieran y cerraran un paréntesis, que en el coche vuelves a leer una y otra vez por si acaso no encerraba un inmenso silencio.

Te pasas el día esquivando muebles como meteoritos de lo que un día fue tu reino de fantasía en una historia que creíste interminable. Observas las estanterías como un insecto. El niño de las fotos, de lana y en sepia, te mira como a otro extraño. Manoseas recuerdos que un día abollaste arrojándolos por la ventana o por el váter. Extraes libros del mueble del salón que huelen a pegamento. Este año descubrí uno de 1973 sobre cómo será la humanidad en 2020. Hay libros que nacieron para ser leídos justo antes de que se desvanezcan, como las misiones del Inspector Gadget.

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La piscina

Yo es oír campaña electoral y pensar en comida. Empiezo a salivar, como el perro de Pávolv, con la pegada de carteles. Me entrenaron así de niño porque en San Lorenzo de Piñor las mejores meriendas se daban en los mítines. Hasta diría que las campañas electorales figuran entre los mejores recuerdos de mi infancia, o entre los mejores sabores de mi infancia, con aquel pan de hogaza sobre el que posaban rodajas de embutidos de matanza, que me insertaba cual máquina tragaperras.

Los partidos daban el mitin en el palco de la música. El pueblo escuchaba las arengas y las promesas y luego merendaba. En función de la calidad del producto decidíamos el voto, incluso los que no podíamos votar. En Galicia una mala merienda podía condenar a cualquiera a la oposición.

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Urgencias

Esta semana se me han muerto un montón de desconocidos. Por lo menos dos, que son muchos más de los que se me suelen morir en una semana. Puede pasar si pasas mucho en la planta de Neurología, por donde mi padre ha estado paseando. Dos habitaciones más allá de la suya estaba ingresado un primo lejano. Mi padre paseaba muchas veces al día delante de su puerta, y en una de estas estaba vivo, y mientras volvía a su habitación estaba muerto. Lo lamentaba como si creyera que de haber ido más despacio al primo le habría dado tiempo de contarle sus intenciones; o por haberse perdido el espectáculo de su espíritu saliendo del cuerpo camino de los ascensores.

Al otro muerto le iban a hacer una radiografía. Minutos antes de morir una pareja en bata blanca arrastraba por el pasillo una de esas máquinas que se parecen al robot de ‘Cortocircuito‘. Al llegar a la puerta se cruzaron con un médico que les indicó los nuevos síntomas diciendo que no con el dedo. La pareja dio la vuelta con el robot con la cabeza gacha.

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