Para fusilarlos

Los días buenos, en casa de mi suegra, hay lasaña. Entonces suelto algunas onomatopeyas de satisfacción y ocupo mi sitio a la izquierda de mi suegro, y a la derecha del altarcito con las fotos de las bodas de sus hijos. Cuando te casas te ascienden allí y cuando te divorcias sales, con precisión sentimental de registro civil. El otro día vi que Lur y yo, los únicos supervivientes, ya no estábamos. En su lugar había un termómetro digital enorme, de esos que también te dan la hora y la humedad. No recordaba habernos divorciado pero preferí no preguntar nada hasta terminar la lasaña.

La semana pasada en lugar de lasaña había un candidato a la alcaldía. Estaba en el sofá, acompañado de su asesora, y escuchaba las quejas de mis suegros. Como no sabía si les hacía gracia que hubiera un periodista decidí quedarme, aunque la asesora pulsaba de vez en cuando mis reacciones, como en esas casas a las que vas por primera vez y tienen gato.

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El fraile del tiempo

De niño, a la abuela Amparo, siempre le pedía que me comprara una bolsa de indios, como si fuera tratante de esclavos. Eran de plástico y en posición ‘manspreading’ para incrustarles el caballo. Los vendían en los puestos que se montaban bajo el puente de la Burga, como si todos los ataques Cherokee que armaba mi imaginación surgieran de entre la niebla de las aguas termales.

Nunca he sido niño ni hombre de caprichos. Cuando Lur me pregunta qué quiero de regalo voy inmediatamente al cuarto de baño para ver cuánto queda de desodorante, pasta de dientes, o si la colonia me llegará hasta las próximas navidades. Por eso siempre llevo encima un montón de chaquetas y bufandas, y poquísimo desodorante.

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Abrir después de morir

Cuando vuelves a casa de tus padres por Navidad te encuentras cosas rarísimas, principalmente a tus padres, a los que la edad obliga a interpretar un guion cargado de tareas cada vez más inútiles y preocupaciones intempestivas, que uno contempla como el derrumbe de un imperio. Te abrazan con fuerza al llegar y aún más al irte, como si abrieran y cerraran un paréntesis, que en el coche vuelves a leer una y otra vez por si acaso no encerraba un inmenso silencio.

Te pasas el día esquivando muebles como meteoritos de lo que un día fue tu reino de fantasía en una historia que creíste interminable. Observas las estanterías como un insecto. El niño de las fotos, de lana y en sepia, te mira como a otro extraño. Manoseas recuerdos que un día abollaste arrojándolos por la ventana o por el váter. Extraes libros del mueble del salón que huelen a pegamento. Este año descubrí uno de 1973 sobre cómo será la humanidad en 2020. Hay libros que nacieron para ser leídos justo antes de que se desvanezcan, como las misiones del Inspector Gadget.

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La piscina

Yo es oír campaña electoral y pensar en comida. Empiezo a salivar, como el perro de Pávolv, con la pegada de carteles. Me entrenaron así de niño porque en San Lorenzo de Piñor las mejores meriendas se daban en los mítines. Hasta diría que las campañas electorales figuran entre los mejores recuerdos de mi infancia, o entre los mejores sabores de mi infancia, con aquel pan de hogaza sobre el que posaban rodajas de embutidos de matanza, que me insertaba cual máquina tragaperras.

Los partidos daban el mitin en el palco de la música. El pueblo escuchaba las arengas y las promesas y luego merendaba. En función de la calidad del producto decidíamos el voto, incluso los que no podíamos votar. En Galicia una mala merienda podía condenar a cualquiera a la oposición.

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Urgencias

Esta semana se me han muerto un montón de desconocidos. Por lo menos dos, que son muchos más de los que se me suelen morir en una semana. Puede pasar si pasas mucho en la planta de Neurología, por donde mi padre ha estado paseando. Dos habitaciones más allá de la suya estaba ingresado un primo lejano. Mi padre paseaba muchas veces al día delante de su puerta, y en una de estas estaba vivo, y mientras volvía a su habitación estaba muerto. Lo lamentaba como si creyera que de haber ido más despacio al primo le habría dado tiempo de contarle sus intenciones; o por haberse perdido el espectáculo de su espíritu saliendo del cuerpo camino de los ascensores.

Al otro muerto le iban a hacer una radiografía. Minutos antes de morir una pareja en bata blanca arrastraba por el pasillo una de esas máquinas que se parecen al robot de ‘Cortocircuito‘. Al llegar a la puerta se cruzaron con un médico que les indicó los nuevos síntomas diciendo que no con el dedo. La pareja dio la vuelta con el robot con la cabeza gacha.

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Y si Adelita…

La charanga tenía ciertas carencias. Principalmente que solo se sabían una canción, lo que no impedía que la repitieran una y otra vez mientras recorrían el pueblo durante la alborada, que en San Lorenzo de Piñor podía prolongarse hasta primera hora de la tarde. Por suerte las fiestas solo eran una vez al año, lo que no impidió que, “si Adelita se fuera con otro…”, se incrustara en mi cerebro desde los once hasta los dieciocho años. Hay gente a la que le hace gracia que se le meta una cancioncilla en la cabeza. A mi amigo Mariano, sin embargo, le obliga a tomarse unas gotitas de Rivotril para no entrar en convulsión.

San Lorenzo de Piñor era una especie de Sentinel del Norte por el que transcurrió mi infancia y adolescencia con el corrido de la revolución mejicana de banda sonora, como en una peli de José Luis Cuerda. La charanga se llamaba Os Escachapeitos, traducido “Los Quebrantapechos”, y eran lo más parecido que he conocido a la Santa Compaña. También eran lo más parecido que he conocido a un tribunal popular, ya que se negaban a tocar frente a las casas que no habían pagado la cuota de la comisión de fiestas. Entonces bajaban los instrumentos y hacían un escrache silencioso, mientras el resto de vecinos tomaba nota desde el balcón. Saber tocar un instrumento, en Piñor, era mucho más valioso que formar parte del Consejo General del Poder Judicial.

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Cosas que voy a hacer

El interrogatorio fue breve, aunque lo suficientemente largo como para convertirme en sospechoso. Era la primera vez que la policía me hacía preguntas personales para renovarme el pasaporte. Primero el agente dijo el nombre de un bar, con mucha emoción, y luego el de una sala de fiestas. “La mejor de Orense”, insistió. Pero yo no tenía ni idea. Sabía que por mucho menos algunos no lograban la nacionalidad. También pensé que podía ser una trampa y que ninguno de esos lugares existía. Hasta que el recuerdo le dibujó una sonrisa que dedicó al techo, para evitar que la pantalla del ordenador eclipsara su dicha.

Cuando volvió a mirar al frente y se encontró conmigo me miró con tristeza, y empezó a pasar las hojas de mi pasaporte viejo, que arrancaba con la foto de un tipo melenudo en camiseta, y ojos dispuestos a gastarse las hojas sucesivas como fichas de tiovivo. Allí estaban los sellos de Tailandia, Japón, Estados Unidos, Brasil, Argentina, Emiratos Árabes. Entonces sacó unas tijeras enormes y con un solo corte dio por consumidos los últimos diez años de mi vida. Luego me lo lanzó con desdén, como reconociendo que quizá era de Orense y simplemente nunca había sido feliz.

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Busco la palabra

El poeta y gigante ibicenco de origen británico Ben Clark publicó ayer que, en su experiencia como jurado de premios de poesía, ha llegado a la conclusión de que es raro el poemario que no abra con una cita de Wislawa Szymborska. El asunto me pareció altamente preocupante. Principalmente porque hasta ayer no sabía quién era esta buena mujer, lo que demuestra la poca poesía que leo y, algo mucho más grave, las escasas probabilidades de que la escriba.

Hay tipos que cuando no encuentran una palabra pueden tirar de la de una poeta, ensayista, traductora y Premio Nobel polaca. De hecho hasta resulta irónico que su primer poema publicado fuera ‘Busco la palabra’. Y luego estamos los otros, que solo encontramos las palabras cuando no sabíamos que las buscábamos, como el otro día en la tele, cuando Eva Longoria definió la maternidad como tener tu corazón correteando fuera de tu cuerpo. Que puede parecer muy romántico, pero que los padres sabemos que en realidad se refiere a la escena del sacrificio en Indiana Jones en el templo maldito.

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La bañera

Hace como medio siglo mi padre se encontró a un amigo médico junto al edificio de una sucursal bancaria. Ambos se dirigían a sus respectivos puestos de trabajo y por unos segundos se intercambiaron los papeles, porque fue el médico quien informó a mi padre, que es asesor fiscal, que esa mañana no se encontraba muy bien.

Mi padre es de esos que aún cree que la leche fría es buena para el ardor de estómago, y el chocolate para la diarrea, que se pone uvas pasas en los orzuelos y dos veces al día le da de beber a su nieto cucharaditas de orujo. Pero por suerte no pudo poner en marcha sus consejos porque el amigo se fue escurriendo por la pared de la sucursal y se murió. La historia es triste no solo porque al final se muere, sino porque nadie debería abandonar este mundo viendo a un asesor fiscal.

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Monster Truck

Mi hijo tiene un juguete que es un embustero y un bocazas. Un camioncito poco más grande que una taza de café, que se hace llamar Monster Truck, con un vozarrón con el que te suelta frases como “conducir por encima de otros coches es mi especialidad”. También dice “atrévete a conducir por los caminos de tierra”, que por suerte mi hijo no entiende, ya que el camioncito, a pesar de sus promesas, está tan mal hecho que apenas rueda por una baldosa.

No diré que es su juguete favorito, pero sí que en caso de incendio, antes que a sus padres salvaría el Monster Truck. Aunque también salvaría al camión de la basuracon el que nos cruzamos casi todas las mañanas, o a cualquier autobús, excavadora, taladradora, grúa, apisonadora u hormigonera que no conoce de nada.

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