El coche bomba

A los que trabajamos en casa nos preguntan constantemente si echamos de menos tener un sitio adonde ir, como si hablaran de un comedor social. Pero la mayoría reconoce envidiar nuestras jornadas laborales en pijama o en gayumbos y, muy especialmente, la posibilidad, y abro comillas porque la frase se repite constantemente, de “no tener que ver a nadie”. Una sentencia que nos obliga a reflexionar qué clase de oficinas tenemos en este país para que haya 4.000 voluntarios dispuestos a embarcarse en un viaje sin retorno a Marte.

En la isla suelo recoger como náufragos, ya sea del agua, o del aeropuerto, a mis compañeros de Madrid. Les llevo a casa y les alimento para que una vez pasado el trauma me hablen de cosas peninsulares, normalmente inventos y palabras nuevas, estos días ‘Think tank’, que extraen de un saco como Gandalf sacaba los fuegos artificiales en La Comarca, y ante las que solo puedo bailar en círculos enhebrando brazos imaginarios.

El coche bomba, en EL MUNDO

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Nostalgia de la muerte

El ilustrador Gabi Beltrán cree que se acerca el invierno. No lo dice porque sí, es que hace varios días que en Ibiza no recogemos un cadáver balconizado. Comenta que este vacío ya le provoca ganas de ponerse una rebequita, porque en la isla son los muertos los que fijan las temperaturas.

Ayer un coche de policía y una ambulancia aparcaron de mala manera en el portal. Un vecino lo comentó en el chat de la comunidad, porque no le debió parecer un buen augurio. Hacía apenas cinco minutos que había bajado con Iago camino de la guarde. Ahora nos da por contar lagartijas. Por suerte no pasaba nada, o al menos nada anormal, más allá de que un vecino había fallecido. A veces creemos que lo normal es contar lagartijas, y no morirse, por lo que nos pasamos la vida perdiéndonos lo extraordinario.

Nostalgia de la muerte, en EL MUNDO

Se retira el minivestido

Le di a la rubia del minivestido de flores mi número de teléfono, y ella no me quiso dar el suyo, aunque eso no me desmotivó. Sabía que en la Flower Power de Pacha nos habían hecho una foto juntos, y al día siguiente la busqué desesperadamente. Luego informé a mi amiga Teresa de que me había enamorado, y del pequeño inconveniente de que tenía que esperar a que ella me llamara. Al final le enseñé la foto. A Teresa le dio un ataque de risa y después me acarició la nuca como para comprobar la madurez de un melón. “Esta tía no te va a llamar”, me dijo.

El lunes, es decir, diez años después, Lur trató de volver a ponerse el minivestido. Le servía, pero los encajes blancos del escote y los bajos habían amarilleado. Lo devolvió al armario pero antes me dejó abrazarlo. El cuerpo me pedía colgarlo de una percha en mitad del salón, como cuando retiran la camiseta de un jugador de la NBA. Para aplacar mi fetichismo me dejó elegir otro, y le metí mano a las telas como un niño al cajón de los juguetes.

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Beso

A los 13 años, en la marquesina de autobús de la Caixa Galicia que quizá todavía esté a la entrada del camino a la ermita de San Benito de Cova do Lobo, le pregunté a Eva (nombre real) si podía besarla. Mis hermanas mayores todavía se cachondean de aquella relación porque tanto Eva como yo no veíamos nada. Necesitábamos unas gafas con cristales gordísimos, que por coquetería decidíamos no llevar, y se burlaban con que no sabíamos cómo salir de la marquesina.

La respuesta de Eva fue peor que una cobra. “Los besos no se piden, se dan”, me informó. Demasiado complejo para el epicentro del riego sanguíneo de un adolescente. Conseguir un beso iba a ser más sencillo que entenderlo. Pregunté otra vez. Y así hasta que en algún momento supongo que me besó ella. Fue mi primer beso y me lo dieron por aburrimiento. Días más tarde debió ponerse las gafas porque salió de la marquesina para no volver jamás.

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¿Por qué ya no me amas?

Hace muchos años que dejé de gustarle a los mosquitos. No sé cuándo sucedió, pero supongo que, como todas las veces que he creído estar enamorado, fui el último en enterarme de que todo había terminado. Un poco como el personaje de Matt Damon en ‘Infiltrados’, cuando le pide a su chica que cuando todo se acabe, que por favor corte ella, que él es irlandés (aunque también vale para un gallego), y puede vivir con algo que va mal toda la vida.

Es verdad que no me pasa con todos los insectos. La semana pasada misma, entré desnudo en el baño de mi mujer a buscar una toalla, y al sacarla del altillo, una cucaracha marrón, de esas que vuelan, y del tamaño de una tarjeta de crédito, se me posó en un pezónLur salió chillando del baño, para lo que tuvo que empujarme contra la taza del váter, y cerró la puerta a su espalda como Sigourney Weaver aislando compartimentos del Nostromo en Alien. Desde el otro lado me gritó con un odio que al recordarlo todavía me tiemblan los dedos sobre el teclado: “¡Y no salgas de ahí hasta que la mates!”. Que sonó entre abuela mafiosa encargando asesinatos a hijos y nietos; y una esposa cuyo marido le da por invitar a casa a cucarachas borrachas.

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La vaca de Spiderman

Yo también era de esos. Era ver un niño de dos años en la mesa de un restaurante, apalancado frente a un móvil o una tableta, mientras sus padres charlaban animadamente entre copas de Godello, y venirme a la cabeza los pinochos eléctricos que creo Spielberg en Inteligencia Artificial, donde la humanidad podía satisfacer sus ansias intermitentes de paternidad con un interruptor.

No entendía que no aprovecharan para conversar. Para enseñarle cosas importantes de la vida, como que nadie te regalará nada, y no todo el mundo es bueno; que ahí fuera hay tipos que usan pijamas con botones y la @ para indicar los dos géneros. Por su actitud auguraba niños hiperactivos, y futuros adolescentes con gorra gigante, y adultos pintados de mandalas.

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En algún lugar del cosmos

Me da rabia que Stephen Hawking esté muerto, porque esto le hubiera encantado. A veces no hace falta irse hasta agujeros negros para verse frente a frente con una paradoja cuántica. A veces basta con abrir el buzón, y ver una tarjeta de crédito a tu nombre, que no has pedido, y de un banco que no es el tuyo, y hacer una llamada al servicio de atención al cliente para que se colapse el universo.

Llamó mi mujer. Ella es la titular de la cuenta. Tras un buen rato de espera, y de pulsar los últimos dígitos de su DNI, los últimos dígitos de su cuenta corriente, y los últimos dígitos de la tarjeta de crédito, y los últimos dígitos de su código de acceso al banco por internet, logró hablar con un ser humano. Le dijo que no había pedido ninguna tarjeta de crédito para su marido. Pero le respondieron que se trataba de una reposición, y que iba a salir por un ojo de la cara. El tipo iba a por el ascenso.

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Llena de gracia

Mi amigo Mariano, nombre real, decía que la montaña de la salinera de Ibiza era el mejor lugar de la isla para esconder cocaína. Cada vez que íbamos a la playa señalaba la montaña de sal y, con la misma mano, me daba un manotazo en el pecho, como para recordarme que, una vez más, estábamos palmando pasta por culpa de ir a la playa. A veces las cosas no son lo que parecen, y ya no digamos nosotros cuando las vemos.

El otro dia escuché a un ex yonqui decir que la Galicia de los ochenta era una abuela en el campo con una vaca, a la que le ibas a comprar una papelina de cocaína. Me acordé de él esta semana al ir a la tienda de la señora Catalina, el colmado que tengo al lado de casa en el que se compran desatascadores, rastrillos de playa, pavos rellenos, piedras pómez, sacos para el pan, pijamas de caballero de manga corta y botones, turrón y bragas de cuello vuelto. También se consigue curro, se cuidan bebés y probablemente se tramiten pasaportes falsos.

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Badén

Iago ha aprendido a decir badén. Yo esperaba que este mes aprendiera a decir gol, pero le ha tocado badén. No tenía la sensación de que nuestra vida transcurriera por demasiados badenes, pero a veces hace falta un niño de dos años para descubrir cómo está el mundo. Empezó en una pequeña excursión por la ría de Pontevedra hasta La Toja. La última vez que había recorrido esa carretera conducía mi padre porque yo no tenía carnet, ni quinto de EGB. Y ahora los tenía a los dos en el asiento trasero celebrando badenes.

Me había prometido no volver a ir por allí porque me recordaba a los veranos con la abuela en Sanxenxo, así es que nos fuimos a comer a Sanxenxo, justo al lado de su casa, frente a la playa de Lavapanos. La cosa mejoró bastante porque íbamos vestidos de playa y comenzó a llover. Pero ya no podía seguir escondiéndole a Lur esta parte de mi vida, como si en ese escenario ocultara otra esposa, y otros hijos, que quizá también decía badén, pero con acento de la ría. Aunque algo de eso había, porque le hablé de un primer amor que me trataba con crueldad, como solo puede hacerlo una niña de nueve años.

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Una droga

Leo con cierta decepción que los científicos cifran en tres años y medio el momento en el que el ser humano archiva su primer recuerdo. El mío es una camiseta del Narajito del mundial del 82, lo que significa que ya tenía cinco años, y también que no debía ser un niño muy espabilado, o el mundo un lugar muy poco interesante. Es un recuerdo absurdo. De hecho es probable que ni siquiera sea un recuerdo real. La memoria es caprichosa, ya lo explicaba Groucho Marx: “¿Que por qué estaba yo con esa mujer? Porque me recuerda a ti. De hecho me recuerda a ti más que tú”.

Lo digo porque estoy haciendo unos esfuerzos verdaderamente absurdos por compartir el mundial con mi hijo de dos años, como si dentro de cuatro pudiéramos comparar la evolución de algunas selecciones. El calendario ha querido que la mayor parte de los partidos le pillen en la siesta o a punto de irse a la cama. Entonces le hago una foto con el móvil y la tele de fondo, para que de mayor no pueda culparme de haberle privado de vivir el Suecia-Corea.

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