Esto es un bolígrafo

Su biografía dice que nació al mismo tiempo que Raymond CarverLuis Aragonés y Fujimori, como si eso fuera posible. En una época en la que parecía que siempre andaban pasando cosas, que si una guerra civil, o que si los nazis invadiendo Austria, mientras al otro lado del charco salía el primer comic de Superman, y en Texas se descubría el teflón.

Cuenta que ser un niño de postguerras consistió en transportar por la calle un bloque de hielo hasta un cajón al que llamaban nevera; en tener un circo de moscas, y en alimentarse con un pan de harina e insectos. Y eso que los primeros tiros no los escuchó hasta la mili. Al parecer un compañero que pasaba miedo en la garita les despertaba cada noche disparando contra las sombras, hasta que le cambiaron el fusil por unas piedras.

Esto es un bolígrafo, en EL MUNDO

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Payaso espacial

Lo he comprobado y el listado de astronautas a los que les está costando la reentrada en la atmósfera es larguísima. Gistau trataba el otro día de entender cómo alguien como Pedro Duque, capaz de cumplir “semejante fantasía infantil” se metía ahora en la “ciénaga miserable de la cotidianidad política”. Y recordaba que peor había sido lo de Jim Irvin, quien tras conducir su todoterreno por la superficie lunar dedicó el resto de su vida a buscar el arca de Noé por el monte Ararat.

A Alan Bean le dio por pintar, pero siempre el mismo cuadro. A Edgar Mitchell por creer en los extraterrestres, y en que le curaron un cáncer de riñón por sanación remota mandándole ondas cerebrales. Lisa Novak intentó secuestrar y asesinar a una ingeniera de la NASA con la que se había largado su pareja y compañero de tripulación del Discovery. En Rusia todavía se preguntan de qué se estaban descojonando DobrovoiskyVlokov Patsayev cuando sacaron sus cadáveres de sonrisa congelada en perfecto estado de la Soyuz XI en 1971.

Payaso espacial, en EL MUNDO

El de los muertos

Hay semanas de lo más tonto. Sin ir más lejos, la pasada Pedro Sánchez andaba lamentando el fallecimiento de Philiph Roth Pablo Iglesias la compra de un chalet, sin saber que ambos hechos convergían en una frase de ‘El mal de Portnoy’: “No pretendo convertirte en una burguesa, Naomi. Si la cama te parece demasiado lujosa, podemos hacerlo en el suelo”. Estaba claro que la moción de censura era inminente.

La semana pasada Mariano Rajoy tenía la certeza de que ésta iba a ser presidente del gobierno. Aunque no debemos culparle, considerando que yo mismo, la semana pasada, tenía la certeza de dónde estaba el polo sur, y ésta me descubren que estaba a más de 3.000 kilómetros del polo sur. Mi reto para la próxima será saber dónde está Pedro Sánchez, porque la pasada estaba en no gobernar con independentistas, o en que los presupuestos aprobados por el PP y Ciudadanos traerían “más desigualdad”, y esta pretende gobernar con ambos. Pero como dijoIrene Montero, “nadie está libre de contradicciones”, en referencia a lo del chalet, o a lo de los partidos viejos, o a lo de la cal viva, yo qué sé ya.

El de los muertos, en EL MUNDO

Decir lo que pasa

Ya sé lo que pasa con el novio porque lo había visto otras veces. Es más, es probable que yo mismo lo hubiera protagonizado otras veces. La chica lloraba dentro del coche, uno rojo que parece una manzana. Estaba aparcada en su plaza, dentro de la urbanización, y además de llorar, pulsaba frenéticamente las teclas del móvil, como si modelara un cenicero de plastilina. Ese es el momento clave. Cuando debes decidir si volver a arrancar, con la esperanza de una reconciliación, o salir y entrar en casa, como si todo hubiera terminado para siempre. Por eso es mejor quedarse en el coche, donde todo es posible, incluso que venga a rescatarla, como a la princesa gusano de una manzana envenenada.

La última vez que la vi llevaba a mi hijo a la guardería. Últimamente le ha dado la manía de aprender a hablar. En el trayecto, de unos trescientos metros, señala y dice lo que pasa, casi siempre lo mismo, pero con el entusiasmo de un descubrimiento extraordinario. Entonces grita “anón”, y yo grito “camión”, con el mismo entusiasmo y nuestros puños en alto. Y luego dice “oto”, y yo digo “moto”, y lo celebramos también. Y luego “aiota”, y yo, “gaviota”. Y lo abandono en la guardería con un beso que jamás me devuelve, como si no pudiera aportar nada más a nuestros trescientos metros de palabras.

Maldito chalet

Antes de que mi padre decidiera que viviríamos en un chalet, mi infancia transcurría como la de cualquier niño gallego de los ochenta. Jugábamos al fútbol en la plazuela, entre la iglesia de la Santísima Trinidad, la cárcel vieja y la calle de las putas. Y bajábamos al cauce del Barbaña a aplastar con piedras las jeringuillas de los toxicómanos.

Fue bastante duro perder todo aquello a cambio de una piscina y un dormitorio en el que podía aterrizar un helicóptero. En realidad las aspiraciones de mi padre se limitaban a comer cosas que hubiera plantado él mismo. Aunque al final, en su cabeza, aquello debía tener mejor pinta, porque pronto empezó a esconderse junto a la caseta de las herramientas a echar cigarrillos sentado en una carretilla. Y allí seguiría de no ser por el cáncer de pulmón, y de que tras vencerlo decidiera irse con mi madre a conocer, como Ismael en el arranque de ‘Moby Dick’, “la parte acuática del mundo”, de la mano de Costa Cruceros.

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Las abuelas de terracota

PEl manual dice que para dar un golpe de estado lo primero que hay que hacer es cortar las comunicaciones, bombardeando antenas y canales de televisión. En Ourense bastaría con entrar en el Palacio de Oca y quitarles las barajas a las abuelas, o simplemente los ases y los comodines. El chinchón ejerce de coartada para hacer girar el universo, y boicotear panaderías, y dependientas de mercería, y decidir elecciones, y compartir vídeos de gatos y bebés, entre los que se cuela la red oscura y jubilada de las fake news. Estos días, con unas declaraciones inventadas de Pablo Iglesias pidiendo la retirada del voto para los mayores de 65 años.

Señales

Cada día estoy más convencido de que Dios o el universo nos manda señales. Lo que pasa es que no sabemos verlas, o no nos da la gana de hacerles caso, como en esa comedia en la que el protagonista le pide a Dios que le mande “una señal” que le indique que no debería engañar a su mujer con el pibón que le está esperando a solo unos metros, y entonces se produce un pequeño terremoto, y cuando acaba el protagonista sigue mirando al cielo e insiste: “Solo te pido una señal”.

De todos los personajes de ficción que existen, siempre he querido ser el Benicio del Toro del final de ‘Traffic’, sentado en la grada mirando a los niños jugar al béisbol, o en mi caso viendo a mi hijo jugar al fútbol, aunque cada vez estoy más convencido de que esa imagen nunca llegará a producirse.

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El extranjero

Cuando lo descubrí casi me caigo a un canal, y eso que más o menos ya sabía dónde estaban, porque llevábamos tres días deambulando por Ámsterdam. Había compartido con el grupo mi preocupación, y ellos también confesaron que notaban algo extrañísimo en la ciudad, pero no sobre lo que había, en plan tulipanes, bicicletas, casitas estrechas con grúas en el tejado y tipos untando croquetas en tostadas con mostaza, sino sobre lo que no había. Era algo fundamental, en plan semáforos y adolescentes tirando la basura, pero no dábamos con ello, hasta que nos dimos cuenta de que llevábamos tres días y tres noches sin ver a un solo runner. Al parecer, en la ciudad más liberal del mundo, nadie parecía interesado en correr en mallas y con un móvil enganchado al brazo, algo que no es de extrañar si te pasas el día de un lado para otro en bicicleta.

No me había asustado tanto desde que fui a Salzburgo y visité esas cafeterías de maderas nobles, con hombres solos que leen el periódico con americana y chaleco, como si estuvieran a punto de apostar contra Willy Fogg. Todo era perfecto, con sus mesitas de tartas y su carta de puros, y su espejo tras la barra del tamaño de una cancha de futbol sala, en el que juegan las bebidas. Hasta que descubrí que solo tenían dos o, en el mejor de los casos, tres marcas de ginebra, y preparaban los gin-tonics con tan poca gracia que te entraban ganas de beberte el florero.

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En la habitación

Acabo de hacer una lista y me sale que en nueve años han dormido en la habitación de invitados cincuenta y una personas, en su mayoría amigos o individuos que se registraron como familiares. Tener una habitación de invitados en la isla de Ibiza es una desgracia como otra cualquiera, y todos mis intentos por clausurarla, como casarme o tener hijos, no han dado resultado.

Cuando compré la casa, y no tenía dinero para comer y pagar la hipoteca al mismo tiempo, mi amigo Mariano, que por entonces se encargaba de gestionar las miserias de un equipo de fútbol sala, me fue gestionando muebles. Un día aparecía con una silla, otro con un espejo, y otro llegó con una tele de tubo que aparecía en la lista de bodas de un matrimonio que ya tenía dos hijos y plasma. Otro día se trajo al portero del equipo, un asturiano que se expresaba con dificultad. Me dijo que a partir de ahora viviría conmigo, al tiempo que me entregó un fajo de billetes de 200 euros, que no sabía ni que existían. Él fue el primer inquilino de la habitación de invitados, y el único por el que cobré.

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A la calle

Hace unas semanas, mi hijo Iago, que no tiene ni dos años, me despidió de mi puesto de trabajo. Se acercó al vestidor de su madre, lo que de soltero llamé durante años despacho, y con la chaqueta en la mano me dijo: “A la calle”. Como hace por lo menos dos lustros y cuatro EREs que esperaba este momento, tardé un buen rato en apreciar que la chaqueta era la suya, y no la mía; pero mucho más en darme cuenta de que “alacalle”, así, todo junto, era su primera palabra.

Me habían advertido de que cuando el niño empieza a hablar hay que tener mucho cuidado con lo que se dice porque lo aprenden todo. De lo que no te advierten es lo que aprendes tú con lo que repite él. Mi hijo en lo de “alacalle” esconde un trauma, y es que le he enseñado a vivir como yo, es decir, en pijama. Me recordó al hermano pequeño de una amiga, hoy un señor respetable. Su padre había sido un alto cargo de la guardia civil en el País Vasco. Dedicó su vida a luchar contra ETA, lo que les obligaba a mudarse con mucha frecuencia. Su primera palabra fue “caja”.

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