De repente un fracaso

En mi última semana de trabajo en el Miami Herald mi compañero Mauricio Maldonado me regaló un Volkswagen escarabajo de juguete que había sobre su mesa. Los demás también me dieron algunos objetos con los que decoraban sus cubículos y sus rutinas, como la semilla gigante de una planta exótica, un bote de lapiceros, o una cartulina con una frase motivadora, que me ayudarían a reconstruir Miami en cualquier otro lugar del mundo.
Hacía apenas unas horas que había rechazado mi mejor oferta de trabajo. Una de esas oportunidades que pasan una vez en la vida, y que solo descubres cuando las dejas pasar de largo, especialmente la vida. Entré al despacho de mi jefa, Janine Warner, y después al del entonces editor del Herald, Alberto Ibargüen, con el Volkswagen en la mano, como dando a entender que sus intentos para convencerme de que no cogiera el avión de vuelta a España estaban interrumpiendo mi mudanza. Los mayores fracasos de la vida siempre van precedidos de cierto éxito, y la inconsciencia de ambos.

De repente un fracaso en EL MUNDO

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La sotana

Una vez casi mato a mi hermana mayor. Yo debía tener unos 12 o 13 años y estaba sentado al borde de la cama. Tenía la puerta abierta y la escuché levantarse en la habitación de al lado, como a las tres o cuatro de la tarde, porque había salido de fiesta. Mi hermana mayor, que rondaba la treintena, es de esas a las que les cuesta despertar. Nunca de buen humor. Cuando llegó a la altura de mi habitación camino del baño me miró de reojo como para asegurarse de que no le daba los buenos días, y luego empezó a gritar. Yo llevaba puesta una sotana y ella había olvidado que era carnaval.

En ese momento iba camino de una fiesta de disfraces para adolescentes y no era capaz de ponerme el alzacuellos. Aquel fue el mejor disfraz de mi vida. Cuando eres el pequeño de cuatro hermanos no sólo heredas su ropa o sus disfraces, si es que todavía existen, sino también la paciencia de tus padres. Uno de mis primeros recuerdos de la infancia es mi madre dejándome en la puerta guardería con un chándal, de esos de Adidas azul marino con rayas blancas, que hoy eres vintage pero de aquellas eras un loser. Mi madre se metió en el coche justo antes de que abrieran la puerta, y desde allí me gritó: “Diles que vas de deportista”.

La sotana en EL MUNDO

Todo sobre ruedas

He decidido dejar de correr. Así, de repente. Un poco como Forrest Gump. Después de quince años de runner plasta profesional, hace unos meses que en mitad de la carretera, a unos seis kilómetros de casa, me detuve sin motivo aparente, y tuve que regresar andando. Una horita de paseo con un ángel posado en mi hombro izquierdo que me susurraba, “no corras más”, y un demonio en mi hombro derecho que me susurraba, “no corras más”.

El problema es que cuando te pasas entre diez y doce horas sentado delante de un ordenador tienes que hacer algo. Y la alternativa es que mi mujer venga de vez en cuando al despacho a inyectarme heparina en la barriga para evitar una trombosis.

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Elogio del aburrimiento

Tengo una amiga de cuarenta y tantos años que el próximo 29 de marzo se va a echar novio. Al menos eso lo que esperamos todos. Lleva como un par de lustros buscando pareja y parece que por fin ha encontrado a un tipo agradable y atento, que se traduce en que presta atención a lo que le cuenta y parece entenderlo. El hombre es divorciado, de unos cincuenta años, y se dedica a construir algo así como naves industriales. También tiene un niño y una niña acabando la adolescencia. Por la foto que nos enseñó, una que le hizo ella misma en una lancha en Grecia, donde se conocieron este otoño, parece guapete y hasta buen tipo, quizá por una gorra azul que le daba cierto aire a Pocoyo. El 29 de marzo volverán a verse y ella resolverá sus dudas, o su duda, y es que al parecer el tipo es extraordinariamente aburrido.

 

Para mí un tipo de 50 años que hace naves industriales, con ex mujer y dos hijos adolescentes en custodia compartida, solo puede ser capaz de aburrirse si ha logrado la excelencia. Julio César Londoño, en un artículo de El País con este mismo título, advertía del peligro de las personas divertidas. “Son proclives a las fiestas, las compras y los tiros al aire. Se enamoran al primer click y el amor lleva al matrimonio, un sacramento salao que solo produce gastos, frigidez, familia política, niños, perros, plantas, divorcios y otras calamidades”.

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La ducha

Esta semana una estudiante de periodismo de la Universidad Complutense me preguntó qué hacía para inspirarme, pero me dio vergüenza reconocerle que darme una ducha, por lo que le dije la verdad, que la inspiración eran los plazos. Hay tipos que para resolver un problema o antes de dar una respuesta necesitan dormir un rato, o darse un paseo, o fumar un cigarrillo en el balcón. Cuando lanzan la colilla al patio la decisión ya está tomada y además es irrevocable. Yo para terminar una columna necesito una ducha. También para empezarla, como si la inspiración fuera un tipo disfrazado de anciana que de repente aparta la cortina y te apuñala hasta la muerte.

Picasso antes de ponerse a trabajar se quedaba un rato en la cama y enumeraba todas las enfermedades que le aquejaban, Bacon se emborrachaba y leía libros de cocina y Manet mirar los pies de las mujeres. En ‘Escribir es un tic’ Francesco Piccolo revela que Stein, antes de ponerse a escribir, necesitaba mirar vacas; que Truman Capote no empezaba ni terminaba un texto en viernes; y que Victor Hugoescondía su ropa para no tener la tentación de salir de la habitación; y que Edith Sitwell se metía en un ataúd, y Navokov en un coche aparcado.

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Un folio en blanco

Una de las reacciones más comunes en los hombres para recuperarse de una ruptura sentimental es hacer el Transiberiano, pero más que hacer el Transiberiano pensar en hacer el Transiberiano. Lo he escuchado tantas veces que me imagino el tren cargado de tipos paseando con una moleskine sin estrenar y un tarro de pepinillos en vinagre, mirando niebla por las ventanillas durante siete días y seis noches, como si viajaran dentro de un vaso de leche.

Una vez tuve una novia durante tanto tiempo que ya solo podíamos cortar o estar juntos para siempre. En una comida la descubrí moldeando una miga de pan para construir una cuna de bebé del tamaño de su pulgar. Después se la comió. No lo vi venir. A las pocas semanas me engañó con otro y se fue de casa. Cuando trataba de entender lo que había sucedido solo era capaz de recordar la miga de pan. Por eso piensas en hacer el Transiberiano. Y te imaginas por las noches atravesando ocho husos horarios, bebiendo cerveza caliente, comprando huevos duros en los andenes y alimentándote de arenques secos y sopas de sobre hechas con agua caliente del samovar, con la esperanza de que cuando llegues al Pacífico quizá no te hayas recuperado de la ruptura, pero por lo menos descubras que la vida puede ser muchísimo peor.

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Colin McRae

Hay inviernos en la isla de Ibiza en los que tu actividad no dista mucho de la de cualquier trabajador de una plataforma petrolífera, o de esas estaciones en el Ártico, especialmente cuando no tienes novia. Cuando muera y toda mi vida pase ante mis ojos, el tipo que se encargue de seleccionar las imágenes comprobará que el año 2003 lo dediqué a trabajar y a jugar al fútbol en la PlayStation. También que una vez ambas actividades confluyeron, en concreto el 28 de julio, entre los naranjos que rodeaban un chalet de lujo de la carretera de Santa Eulalia, donde la Policía detuvo a once miembros de la camorra napolitana tras desenterrar dos arcones con 235.000 pastillas de éxtasis.

Pero antes de llegar allí tengo que confesar que labré mis mejores amistades en la isla en silencio, y apretando los botoncitos de un mando hasta altas horas de la madrugada, para que Diego Tristán les explicara por mí Galicia a tipos acostumbrados a estar rodeados de agua, y no a que les cayera del cielo. Nos encerrábamos en el piso que había alquilado al lado de Pachá y jugábamos hasta agotar el gas de la estufa, lo que nos obligaba a apretarnos en el sofá con los abrigos puestos, y a mordernos los dedos para no perder la sensibilidad. Mi amigo Mariano era el propietario de la Play, y en cierto sentido del sentido de nuestras vidas. Cómo jugaba mucho mejor que los demás siempre se pillaba el Chicago Fire, porque sus jugadores eran más lentos e imprecisos. Si le marcabas un gol trataba de asfixiarte enrollándote el cable del mando alrededor del cuello, cosa que a base de repetirlo lograba hacer con una sola mano y a gran velocidad.

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La francotiradora

Si ponían un tiovivo con tres filas de caballos en el puerto de Sanxenxo significaba que eran las fiestas de Santa Rosalía, y que por lo tanto se acababa el verano. Tardé muchos años en subirme a ese tiovivo, aunque cada tarde obligaba a mis padres a llevarme hasta sus pies solo para contemplarlo. Me quedaba allí quieto, viendo subir a los otros niños con envidia, quizá hasta viendo subir a Jabois con envidia, y luego cómo saludaban a sus padres en cada vuelta. Cuando se detenía mi madre me preguntaban si me quería subir y yo negaba con la cabeza. Un año, mi madre, de la que no diré que es una mujer severa sino simplemente que ha obtenido trofeos en tiro olímpico con carabina, decidió resistir mis patadas, mis gritos y mis manotazos para subirme a la fuerza a un caballo.

Me sé la historia bastante bien porque nunca he traído una pareja a casa que no tuviera que escucharla. Con un final en el que mi madre les suelta, “es un cobarde”, y luego les aguanta la mirada como esperando que reconozcan su error por haberme elegido. Si no lo hacían podían escuchar más tarde que también me daban miedo los desconocidos, los conocidos, la lluvia, los trenes, la leche caliente, los vinilos y mis propios juguetes; los que tenían luces y los que hacían ruido, porque me parecía que agonizaban. Y también los santiaguiños, que me obligó a tragar en una escena similar a la del tiovivo pero en una marisquería.

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El cerdo de Faulkner

De todos los órganos que se iban poniendo sobre la mesa mis favoritos eran los ojos. Si había cerca algún adulto con un cuchillo le pedía que le sacara alguno al cerdo y me lo entregara. Al globo ocular siempre le colgaba un trozo de carne y yo lo agarraba como a una estrella fugaz por la cola. El objetivo era asustar a mis hermanas mayores, cuyo único contacto con la matanza era aquel ojo que dejaba sobre su colchón, o sobre su plato vacío al poner la mesa, como aquella sopa de Indiana Jones en el templo maldito. Si las pillaba de espaldas les rozaba con el ojo en una oreja, y al girarse les gritaba: “¡Te vi!”. Luego me pegaban bastante. Pero siempre merecía la pena.

Risto Mejide dijo que “crecer es aprender a despedirse”. Pero si eres gallego añadiría que es aprender a despedirse de un cerdo, por lo menos una vez al año. En la aldea yo nunca dejé de bautizar al mío. E incluso podía seguir refiriéndome a él por su nombre, Tristán o Gonzalo, mientras me comía su hígado cada puente de diciembre, cuando apenas llevaba unos minutos muerto, como si fuera a conferirme poderes sobrenaturales, además de un colesterol perenne; o traían la tina con su sangre extraída de la yugular para hacer las filloas, o empezaban a filetearle la papada junto a una sartén salpicada de sal gruesa, mientras la familia aguardaba en círculo portando pedazos de pan.

El cerdo de Faulkner, en EL MUNDO

Ojo de halcón

Hace tiempo que sé que soy un desastre como periodista del corazón. Una vez me acosté tardísimo porque tuve que ingresar en urgencias a Ernesto de Hannover, y cuando me desperté no había ningún medio que no me hubiera pisado la exclusiva. No fue dejadez. Es que no tenía ni idea de que fuera noticia. Me interesa poquísimo la vida privada de los demás y casi nunca sé qué es lo que tengo que preguntar. Esta semana una periodista le preguntó a una modelo en un photocall que cómo titularía esta etapa de su vida, y me entró un ataque de risa, hasta que me di cuenta de que yo tenía todas las etapas de mi vida sin titular.

Después recordé que casi todos los niños de 40 años contamos la vida en ligas de fútbol, como si todos naciéramos un poco en septiembre. Tus mejores diarios son esas libretitas que había con el calendario de las jornadas. Y casi toda tu infancia puede contarse desde un bar en Galicia cubierto de serrín, al que entrabas con tus padres a última hora de la tarde, como caminando sobre nubes y con lágrimas de paraguas, para esperar a que llegara el folletín con los resultados. El otro día le pregunté a mi padre si cuando llovía todavía echaban serrín, pero me respondió que ya no llueve.

Ojo de halcón en EL MUNDO