En la habitación

Acabo de hacer una lista y me sale que en nueve años han dormido en la habitación de invitados cincuenta y una personas, en su mayoría amigos o individuos que se registraron como familiares. Tener una habitación de invitados en la isla de Ibiza es una desgracia como otra cualquiera, y todos mis intentos por clausurarla, como casarme o tener hijos, no han dado resultado.

Cuando compré la casa, y no tenía dinero para comer y pagar la hipoteca al mismo tiempo, mi amigo Mariano, que por entonces se encargaba de gestionar las miserias de un equipo de fútbol sala, me fue gestionando muebles. Un día aparecía con una silla, otro con un espejo, y otro llegó con una tele de tubo que aparecía en la lista de bodas de un matrimonio que ya tenía dos hijos y plasma. Otro día se trajo al portero del equipo, un asturiano que se expresaba con dificultad. Me dijo que a partir de ahora viviría conmigo, al tiempo que me entregó un fajo de billetes de 200 euros, que no sabía ni que existían. Él fue el primer inquilino de la habitación de invitados, y el único por el que cobré.

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A la calle

Hace unas semanas, mi hijo Iago, que no tiene ni dos años, me despidió de mi puesto de trabajo. Se acercó al vestidor de su madre, lo que de soltero llamé durante años despacho, y con la chaqueta en la mano me dijo: “A la calle”. Como hace por lo menos dos lustros y cuatro EREs que esperaba este momento, tardé un buen rato en apreciar que la chaqueta era la suya, y no la mía; pero mucho más en darme cuenta de que “alacalle”, así, todo junto, era su primera palabra.

Me habían advertido de que cuando el niño empieza a hablar hay que tener mucho cuidado con lo que se dice porque lo aprenden todo. De lo que no te advierten es lo que aprendes tú con lo que repite él. Mi hijo en lo de “alacalle” esconde un trauma, y es que le he enseñado a vivir como yo, es decir, en pijama. Me recordó al hermano pequeño de una amiga, hoy un señor respetable. Su padre había sido un alto cargo de la guardia civil en el País Vasco. Dedicó su vida a luchar contra ETA, lo que les obligaba a mudarse con mucha frecuencia. Su primera palabra fue “caja”.

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Cojonudo

La primavera tiene unas formas extrañísimas de manifestarse, hasta el punto de que no llega a todos al mismo tiempo. Esta Semana Santa, en el paseo de Santa Eulalia, mientras algunos caminábamos todavía con las trencas y los calcetines de lana, apenas unos metros más abajo los turistas se daban los primeros chapuzones de la temporada, como si los de la arriba camináramos junto al anuncio de una estación de metro, en el que la playa es una quimera de papel.

Para los de abajo la primavera empezaba a enrojecer partes de su cuerpo que habían permanecido ocultas durante meses; agarraban puñados de arena con las manos, y la dejaban escapar entre los dedos, como un cofre de monedas de oro; y recordaba la resistencia que ejerce el agua en los pies con largos paseos junto a la orilla. Pero no era menos primavera para los que estábamos arriba, cuya simple visión de los de abajo nos daba cierta esperanza, aunque camináramos todavía con las manos en los bolsillos, y la barandilla del paseo desprendiera un tufillo a vagón y a escalera mecánica.

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Cortocircuito

Me despertaron los gritos de una mujer joven. Abrí los ojos y me di cuenta de que todavía era muy de noche, de que apenas había dormido, y de que estaba desnudo en la cama de una habitación que no conocía. La chica volvió a gritar desde alguna de las estancias de la casa. Esta vez creí que decía mi nombre. Al ponerme de pie me sumergí en agua hasta los tobillos. Estaba templada, lo que no era más extraño que tener agua en la habitación. Traté de encender la luz presionando varios interruptores, pero no había luz. La voz de la chica grito: “No hay luz, ha reventado la caldera”. Aproveché la claridad de las farolas de la calle que entraba por las ventanas, y empecé a avanzar hacia la voz provocando un pequeño oleaje, primero en el salón, y después en un pasillo que acababa en la puerta de entrada. Un poco antes se adivinaba el cuerpo de una chica rubia y desnuda frente al cuadro eléctrico. Trataba de subir una y otra vez los diferenciales, que insistían en volver a caer con un chispazo. Cada vez que fracasaba se lamentaba chapoteando con un pie en el agua. Supongo que en ese momento me enamoré, porque no fui capaz de advertirle que a lo mejor estaba a punto de matarnos.

La escena me recordó a un cuento de terror, creo que de Stephen King, en el que un ejecutivo va en un avión en mitad de una terrible tormenta, y es el único pasajero que ve a una especie de duendecillo maléfico sentado en el ala, que juega a destrozar los motores a golpes. Como la chica también era periodista, recordé aquello que nos dicen de que somos océanos de conocimiento con un centímetro de profundidad, en este caso unos diez centímetros de profundidad, lo que significa que como gremio estamos vivos de milagro.

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Fondant

En la pastelería empiezan a saber demasiadas cosas sobre mi vida. María, la dueña, no solo es mi vecina pared con pared, lo que ya le aporta demasiada información, sino que cada vez que encargo una tarta me veo obligado a dar un montón de explicaciones sobre mi intimidad, con lo fácil que le sería leer mis columnas.

Desde que el fondant entró en mi vida ya no sé celebrar un cumpleaños de mi mujer sin encargar una tarta temática que nos describa, que evoque algún recuerdo o exprese algún sentimiento. Antes valía con escribir un poema. Ahora el poema tiene que ser comestible. Pero la última tarta ha estado a punto de costarme el divorcio. No conozco a nadie que se haya divorciado por una tarta, pero de haberse descubierto el pastel la noticia se iba derechita a Forocoches.

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La expulsión

El miércoles expulsaron a Iago del colegio. Reconozco que al principio me extrañó muchísimo porque todavía le queda año y medio para matricularse. Sin embargo no tuve valor de contradecir a la jefa de estudios. “A la visita al colegio se viene sin niños”, me abroncó señalando una puerta que me devolvía a 1983. Puse cara de “claro, a quién se le ocurre venir a un colegio con un niño”, y solo se me ocurrió decir, “por favor, no se lo diga a mi madre“.

Me he puesto a visitar colegios como si en realidad pudiera elegir a cuál irá el mío. En Ibiza si tienes dinero puedes enviarlo al colegio inglés o al francés. Si tienes muchísimo dinero puedes enviarlo al colegio español, que en realidad tiene las clases en inglés. Si no tienes dinero tu hijo irá a clase en catalán, cuya principal ventaja es que a los ocho años ya tiene un montón de puntos para opositar para médico.

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La meada

Una de las primeras cosas que me pidió Eduardo Inda cuando me puse bajo sus órdenes en la isla de Ibiza fue que meara contra un muro. Más o menos. El Ayuntamiento de Ibiza había aprobado una ordenanza contra el meado callejero y necesitábamos una foto. Esas cosas pasan en las redacciones. Muchos periodistas hacemos de fumadores, usuarios de internet, maltratadas en penumbra, mariscadores furtivos o contempladores de exposiciones. Un día se te puede acercar un fotógrafo muy justo de tiempo, pedirte que te pongas las manos en la cara, así como avergonzado, y al día siguiente sales de eyaculador precoz.

A un compañero y a mí, Inda nos entregó una camarita digital, y la misión de figurar una meada en el muro del aparcamiento de tierra que había detrás del periódico, sin saber que aquella decisión marcaría el resto de nuestras vidas. Del compañero hasta ese momento sabía poco más que se llamaba Eugenio y que era de Menorca. Ahí empecé a descubrir que los gallegos y los menorquines se parecen muchísimo. Ambos mantuvimos un resignado silencio hasta llegar al muro, como si nos susurráramos el “mexan por nos e hai que dicir que chove” (Nos mean y hay que decir que llueve) atribuido a Castelao. Del que Manuel Rivas ofreció una versión mejorada para explicar la baja natalidad: “El gallego no protesta, deja de reproducirse“. Aquel día ambos salimos de la redacción dispuestos a no reproducirnos.

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Yo muela

Nunca le cuento a mi mujer los días que me veo con Marta. Tampoco le digo lo que me cobra, y eso que últimamente solo hablamos. Tampoco se la describo porque sabe que es de mi tipo, menudita y con cara de gato hambriento. Yo me tumbo, le cuento cosas, y la hago reír. Lo que sea con tal de que no me toque. Yo creo que no se ríe de lo que le cuento. Se ríe porque sabe que me muero de miedo. Cuando se me acerca a los morros tiemblo y le hace gracia.

Solo recuerdo una sensación parecida. Con el primer beso. Pero con todos los primeros besos. Una vez bajé de un avión en Barajas hablando con mi psiquiatra, que en ese momento solo era mi amigo Gustavo, al que le había contado que me venía a recoger una compañera del periódico con la que andaba tonteando. Cuando llegamos hasta la chica a ella se le ocurrió darme el primer beso, con Gustavo pegado a la espalda, y empecé a temblar. Ella me decía que dejara de temblar y me besaba. Al principio en plan cariñoso pero a la tercera lo dijo en alto y bastante enfadada. Gustavo, su mujer, su hermana, el marido de su hermana y los tres hijos de las dos parejas ya no podían mirar para otro lado. Estuve a punto de apartarme y decirle a Gustavo que por favor la besara él. La chica me dejó a las pocas semanas. No estaba dispuesta a seguir besándose con una centrifugadora.

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De repente un fracaso

En mi última semana de trabajo en el Miami Herald mi compañero Mauricio Maldonado me regaló un Volkswagen escarabajo de juguete que había sobre su mesa. Los demás también me dieron algunos objetos con los que decoraban sus cubículos y sus rutinas, como la semilla gigante de una planta exótica, un bote de lapiceros, o una cartulina con una frase motivadora, que me ayudarían a reconstruir Miami en cualquier otro lugar del mundo.
Hacía apenas unas horas que había rechazado mi mejor oferta de trabajo. Una de esas oportunidades que pasan una vez en la vida, y que solo descubres cuando las dejas pasar de largo, especialmente la vida. Entré al despacho de mi jefa, Janine Warner, y después al del entonces editor del Herald, Alberto Ibargüen, con el Volkswagen en la mano, como dando a entender que sus intentos para convencerme de que no cogiera el avión de vuelta a España estaban interrumpiendo mi mudanza. Los mayores fracasos de la vida siempre van precedidos de cierto éxito, y la inconsciencia de ambos.

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La sotana

Una vez casi mato a mi hermana mayor. Yo debía tener unos 12 o 13 años y estaba sentado al borde de la cama. Tenía la puerta abierta y la escuché levantarse en la habitación de al lado, como a las tres o cuatro de la tarde, porque había salido de fiesta. Mi hermana mayor, que rondaba la treintena, es de esas a las que les cuesta despertar. Nunca de buen humor. Cuando llegó a la altura de mi habitación camino del baño me miró de reojo como para asegurarse de que no le daba los buenos días, y luego empezó a gritar. Yo llevaba puesta una sotana y ella había olvidado que era carnaval.

En ese momento iba camino de una fiesta de disfraces para adolescentes y no era capaz de ponerme el alzacuellos. Aquel fue el mejor disfraz de mi vida. Cuando eres el pequeño de cuatro hermanos no sólo heredas su ropa o sus disfraces, si es que todavía existen, sino también la paciencia de tus padres. Uno de mis primeros recuerdos de la infancia es mi madre dejándome en la puerta guardería con un chándal, de esos de Adidas azul marino con rayas blancas, que hoy eres vintage pero de aquellas eras un loser. Mi madre se metió en el coche justo antes de que abrieran la puerta, y desde allí me gritó: “Diles que vas de deportista”.

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