Urgencias

Esta semana se me han muerto un montón de desconocidos. Por lo menos dos, que son muchos más de los que se me suelen morir en una semana. Puede pasar si pasas mucho en la planta de Neurología, por donde mi padre ha estado paseando. Dos habitaciones más allá de la suya estaba ingresado un primo lejano. Mi padre paseaba muchas veces al día delante de su puerta, y en una de estas estaba vivo, y mientras volvía a su habitación estaba muerto. Lo lamentaba como si creyera que de haber ido más despacio al primo le habría dado tiempo de contarle sus intenciones; o por haberse perdido el espectáculo de su espíritu saliendo del cuerpo camino de los ascensores.

Al otro muerto le iban a hacer una radiografía. Minutos antes de morir una pareja en bata blanca arrastraba por el pasillo una de esas máquinas que se parecen al robot de ‘Cortocircuito‘. Al llegar a la puerta se cruzaron con un médico que les indicó los nuevos síntomas diciendo que no con el dedo. La pareja dio la vuelta con el robot con la cabeza gacha.

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Y si Adelita…

La charanga tenía ciertas carencias. Principalmente que solo se sabían una canción, lo que no impedía que la repitieran una y otra vez mientras recorrían el pueblo durante la alborada, que en San Lorenzo de Piñor podía prolongarse hasta primera hora de la tarde. Por suerte las fiestas solo eran una vez al año, lo que no impidió que, “si Adelita se fuera con otro…”, se incrustara en mi cerebro desde los once hasta los dieciocho años. Hay gente a la que le hace gracia que se le meta una cancioncilla en la cabeza. A mi amigo Mariano, sin embargo, le obliga a tomarse unas gotitas de Rivotril para no entrar en convulsión.

San Lorenzo de Piñor era una especie de Sentinel del Norte por el que transcurrió mi infancia y adolescencia con el corrido de la revolución mejicana de banda sonora, como en una peli de José Luis Cuerda. La charanga se llamaba Os Escachapeitos, traducido “Los Quebrantapechos”, y eran lo más parecido que he conocido a la Santa Compaña. También eran lo más parecido que he conocido a un tribunal popular, ya que se negaban a tocar frente a las casas que no habían pagado la cuota de la comisión de fiestas. Entonces bajaban los instrumentos y hacían un escrache silencioso, mientras el resto de vecinos tomaba nota desde el balcón. Saber tocar un instrumento, en Piñor, era mucho más valioso que formar parte del Consejo General del Poder Judicial.

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Cosas que voy a hacer

El interrogatorio fue breve, aunque lo suficientemente largo como para convertirme en sospechoso. Era la primera vez que la policía me hacía preguntas personales para renovarme el pasaporte. Primero el agente dijo el nombre de un bar, con mucha emoción, y luego el de una sala de fiestas. “La mejor de Orense”, insistió. Pero yo no tenía ni idea. Sabía que por mucho menos algunos no lograban la nacionalidad. También pensé que podía ser una trampa y que ninguno de esos lugares existía. Hasta que el recuerdo le dibujó una sonrisa que dedicó al techo, para evitar que la pantalla del ordenador eclipsara su dicha.

Cuando volvió a mirar al frente y se encontró conmigo me miró con tristeza, y empezó a pasar las hojas de mi pasaporte viejo, que arrancaba con la foto de un tipo melenudo en camiseta, y ojos dispuestos a gastarse las hojas sucesivas como fichas de tiovivo. Allí estaban los sellos de Tailandia, Japón, Estados Unidos, Brasil, Argentina, Emiratos Árabes. Entonces sacó unas tijeras enormes y con un solo corte dio por consumidos los últimos diez años de mi vida. Luego me lo lanzó con desdén, como reconociendo que quizá era de Orense y simplemente nunca había sido feliz.

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Busco la palabra

El poeta y gigante ibicenco de origen británico Ben Clark publicó ayer que, en su experiencia como jurado de premios de poesía, ha llegado a la conclusión de que es raro el poemario que no abra con una cita de Wislawa Szymborska. El asunto me pareció altamente preocupante. Principalmente porque hasta ayer no sabía quién era esta buena mujer, lo que demuestra la poca poesía que leo y, algo mucho más grave, las escasas probabilidades de que la escriba.

Hay tipos que cuando no encuentran una palabra pueden tirar de la de una poeta, ensayista, traductora y Premio Nobel polaca. De hecho hasta resulta irónico que su primer poema publicado fuera ‘Busco la palabra’. Y luego estamos los otros, que solo encontramos las palabras cuando no sabíamos que las buscábamos, como el otro día en la tele, cuando Eva Longoria definió la maternidad como tener tu corazón correteando fuera de tu cuerpo. Que puede parecer muy romántico, pero que los padres sabemos que en realidad se refiere a la escena del sacrificio en Indiana Jones en el templo maldito.

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La bañera

Hace como medio siglo mi padre se encontró a un amigo médico junto al edificio de una sucursal bancaria. Ambos se dirigían a sus respectivos puestos de trabajo y por unos segundos se intercambiaron los papeles, porque fue el médico quien informó a mi padre, que es asesor fiscal, que esa mañana no se encontraba muy bien.

Mi padre es de esos que aún cree que la leche fría es buena para el ardor de estómago, y el chocolate para la diarrea, que se pone uvas pasas en los orzuelos y dos veces al día le da de beber a su nieto cucharaditas de orujo. Pero por suerte no pudo poner en marcha sus consejos porque el amigo se fue escurriendo por la pared de la sucursal y se murió. La historia es triste no solo porque al final se muere, sino porque nadie debería abandonar este mundo viendo a un asesor fiscal.

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Monster Truck

Mi hijo tiene un juguete que es un embustero y un bocazas. Un camioncito poco más grande que una taza de café, que se hace llamar Monster Truck, con un vozarrón con el que te suelta frases como “conducir por encima de otros coches es mi especialidad”. También dice “atrévete a conducir por los caminos de tierra”, que por suerte mi hijo no entiende, ya que el camioncito, a pesar de sus promesas, está tan mal hecho que apenas rueda por una baldosa.

No diré que es su juguete favorito, pero sí que en caso de incendio, antes que a sus padres salvaría el Monster Truck. Aunque también salvaría al camión de la basuracon el que nos cruzamos casi todas las mañanas, o a cualquier autobús, excavadora, taladradora, grúa, apisonadora u hormigonera que no conoce de nada.

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Estar solo

De vez en cuando aparece alguna amiga sin pareja que me pregunta si le puedo presentar a alguien. Entonces me acuerdo de Lolo. Casi de inmediato. Un tipo atractivo, como acredito inmediatamente con una foto, profesor universitario, piso cerca del mar, y que escribe libros de historia en su tiempo libre. Todo lo necesario para que resulte muy sospechoso. Cuando me lo encuentro tiene cara de ir o venir de la mansión de ‘Eyes wide shut’. Los casados con hijos siempre pensamos que los tipos como Lolo están yendo o viniendo de la mansión de ‘Eyes wide shut’. Entonces le pregunto si ya se ha echado novia, para actualizar su ficha y, de paso, que deje de joderme la vida con la que él tiene en mi imaginación.
El miércoles me dijo que había estado dos años viviendo con una chica, pero que al final se dio cuenta de que quería estar solo. Lo dijo con un punto de amargura, como si se tratara de una maldición que ya le he escuchado otras veces. Otros somos más de estar siempre en pareja, hombres de una sola mujer, o al menos de una en una sola mujer. Estar solo me resulta una necesidad extrañísima, lo que hace que me observe como a una especie de oso amoroso con un arco iris tatuado en la tripa.

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Sacar la basura

Me acuerdo a veces del psiquiatra argentino de ‘No sos vos, soy yo‘, quien decía que en los matrimonios hay días buenos, que son pocos; días malos, que por suerte también son pocos; y luego la gran mayoría de días en las que no pasa absolutamente nada. Uno de esos días, el martes, lo mejor fue que al acabar de trabajar el niño ya estuviera en la cama, porque en la nevera no había nada. Cogí uno de esos mini yogures líquidos para bajarle el colesterol a mi hambre, y me dejé caer en una silla del comedor, que al arrastrarse soltó un leve quejido. Lur dijo desde el sofá que había que comprar adhesivos para las patas, pero como si hablara en sueños. La miré y estaba un poco inclinada hacia adelante, en una postura incómoda. En la tele echaban informativos pero no se estaba enterando de nada. Solo estaba cansada.

Luego me dijo que había que acordarse de inflar las ruedas del coche, que están bajas; y que tampoco había toallitas húmedas para el niño. Fueron sus últimas palabras. Su corazón probablemente latía a ocho pulsaciones por minuto, como hacen unos murciélagos cuando hibernan. El yogurt me estaba sentando fenomenal porque hasta puse los pies en otra silla, dejándome atrapar por el sueño, antes de que el universo se viniera abajo. Allí estaba, en el balcón, vestida de lila, rodeada de estrellas. Esperándome.

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Niñeras

No sé si esto es una columna o una llamada de auxilio, pero no encuentro niñera para Iago. No es por nosotros, es por él, o más bien por prescripción matrimonial. Mi psiquiatra dice que tenemos que tener nuestro espacio, lo que se traduce en intentar salir a cenar al menos una vez a la semana, aunque a duras penas fingimos que nos apetece una vez cada dos meses. Cada vez que llegaba Andrea solo queríamos irnos a dormir al coche. Una noche volvimos destrozados y presumiendo de fiestón. Al pagarle me devolvió avergonzada más del doble del dinero. Sólo habíamos estado fuera 75 minutos.

Ahora Andrea ha conseguido trabajo fijo en una guardería, cambió de novio. Un día empezó a hacerse fotos en bikini y ahora tiene 11.000 seguidores en Instagram. No creo que vuelva, y eso que no paro de darle likes. Como tampoco aquel pintor que se parecía a Orlando Bloom y mi mujer ya no sabía qué mandarle pintar.

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Malas noticias

Hay gente que es un auténtico desastre dando malas noticias. No es que sea un arte, pero hay profesionales dotados para convertir las bofetadas de la vida en meras inclemencias del tiempo, igual que hay auténticos malabaristas que, sin saber cómo, consiguen empeorar la situación. Cuando mi amiga Ana era pequeña llegó una tarde a casa y se encontró a sus dos hermanos, todavía más pequeños, solos y hambrientos. A medianoche se le ocurrió llamar a su tía por teléfono, que solo le dijo: “Ha muerto alguien pero no te puedo decir quién“, y colgó. Es cierto que no quería asustarla, pero aún hoy, a sus cuarenta y pico añazos, Ana conserva el espasmo en la cara, aunque el que había muerto era el dueño del bar de debajo de su casa.

Es verdad que veces el del bar es como de la familia, o de la empresa. Lo aprendí en mi etapa de becario en Santiago, donde era difícil distinguir el bar Goliardos de la redacción. Y eso que yo no fui de esos becarios a los que los compañeros mandaban a por cafés. A mí me mandaban a por whiskies y rones con limón. Tampoco diferenciaba a Ángel, el camarero, de un redactor de sucesos. La distancia entre el periodista y el camarero es a veces escasa. Quizá porque el segundo cuenta con la dificultad de tener que dar las noticias mirando a los ojos de sus lectores.

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