Maldito chalet

Antes de que mi padre decidiera que viviríamos en un chalet, mi infancia transcurría como la de cualquier niño gallego de los ochenta. Jugábamos al fútbol en la plazuela, entre la iglesia de la Santísima Trinidad, la cárcel vieja y la calle de las putas. Y bajábamos al cauce del Barbaña a aplastar con piedras las jeringuillas de los toxicómanos.

Fue bastante duro perder todo aquello a cambio de una piscina y un dormitorio en el que podía aterrizar un helicóptero. En realidad las aspiraciones de mi padre se limitaban a comer cosas que hubiera plantado él mismo. Aunque al final, en su cabeza, aquello debía tener mejor pinta, porque pronto empezó a esconderse junto a la caseta de las herramientas a echar cigarrillos sentado en una carretilla. Y allí seguiría de no ser por el cáncer de pulmón, y de que tras vencerlo decidiera irse con mi madre a conocer, como Ismael en el arranque de ‘Moby Dick’, “la parte acuática del mundo”, de la mano de Costa Cruceros.

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Las abuelas de terracota

PEl manual dice que para dar un golpe de estado lo primero que hay que hacer es cortar las comunicaciones, bombardeando antenas y canales de televisión. En Ourense bastaría con entrar en el Palacio de Oca y quitarles las barajas a las abuelas, o simplemente los ases y los comodines. El chinchón ejerce de coartada para hacer girar el universo, y boicotear panaderías, y dependientas de mercería, y decidir elecciones, y compartir vídeos de gatos y bebés, entre los que se cuela la red oscura y jubilada de las fake news. Estos días, con unas declaraciones inventadas de Pablo Iglesias pidiendo la retirada del voto para los mayores de 65 años.

Señales

Cada día estoy más convencido de que Dios o el universo nos manda señales. Lo que pasa es que no sabemos verlas, o no nos da la gana de hacerles caso, como en esa comedia en la que el protagonista le pide a Dios que le mande “una señal” que le indique que no debería engañar a su mujer con el pibón que le está esperando a solo unos metros, y entonces se produce un pequeño terremoto, y cuando acaba el protagonista sigue mirando al cielo e insiste: “Solo te pido una señal”.

De todos los personajes de ficción que existen, siempre he querido ser el Benicio del Toro del final de ‘Traffic’, sentado en la grada mirando a los niños jugar al béisbol, o en mi caso viendo a mi hijo jugar al fútbol, aunque cada vez estoy más convencido de que esa imagen nunca llegará a producirse.

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El extranjero

Cuando lo descubrí casi me caigo a un canal, y eso que más o menos ya sabía dónde estaban, porque llevábamos tres días deambulando por Ámsterdam. Había compartido con el grupo mi preocupación, y ellos también confesaron que notaban algo extrañísimo en la ciudad, pero no sobre lo que había, en plan tulipanes, bicicletas, casitas estrechas con grúas en el tejado y tipos untando croquetas en tostadas con mostaza, sino sobre lo que no había. Era algo fundamental, en plan semáforos y adolescentes tirando la basura, pero no dábamos con ello, hasta que nos dimos cuenta de que llevábamos tres días y tres noches sin ver a un solo runner. Al parecer, en la ciudad más liberal del mundo, nadie parecía interesado en correr en mallas y con un móvil enganchado al brazo, algo que no es de extrañar si te pasas el día de un lado para otro en bicicleta.

No me había asustado tanto desde que fui a Salzburgo y visité esas cafeterías de maderas nobles, con hombres solos que leen el periódico con americana y chaleco, como si estuvieran a punto de apostar contra Willy Fogg. Todo era perfecto, con sus mesitas de tartas y su carta de puros, y su espejo tras la barra del tamaño de una cancha de futbol sala, en el que juegan las bebidas. Hasta que descubrí que solo tenían dos o, en el mejor de los casos, tres marcas de ginebra, y preparaban los gin-tonics con tan poca gracia que te entraban ganas de beberte el florero.

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En la habitación

Acabo de hacer una lista y me sale que en nueve años han dormido en la habitación de invitados cincuenta y una personas, en su mayoría amigos o individuos que se registraron como familiares. Tener una habitación de invitados en la isla de Ibiza es una desgracia como otra cualquiera, y todos mis intentos por clausurarla, como casarme o tener hijos, no han dado resultado.

Cuando compré la casa, y no tenía dinero para comer y pagar la hipoteca al mismo tiempo, mi amigo Mariano, que por entonces se encargaba de gestionar las miserias de un equipo de fútbol sala, me fue gestionando muebles. Un día aparecía con una silla, otro con un espejo, y otro llegó con una tele de tubo que aparecía en la lista de bodas de un matrimonio que ya tenía dos hijos y plasma. Otro día se trajo al portero del equipo, un asturiano que se expresaba con dificultad. Me dijo que a partir de ahora viviría conmigo, al tiempo que me entregó un fajo de billetes de 200 euros, que no sabía ni que existían. Él fue el primer inquilino de la habitación de invitados, y el único por el que cobré.

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A la calle

Hace unas semanas, mi hijo Iago, que no tiene ni dos años, me despidió de mi puesto de trabajo. Se acercó al vestidor de su madre, lo que de soltero llamé durante años despacho, y con la chaqueta en la mano me dijo: “A la calle”. Como hace por lo menos dos lustros y cuatro EREs que esperaba este momento, tardé un buen rato en apreciar que la chaqueta era la suya, y no la mía; pero mucho más en darme cuenta de que “alacalle”, así, todo junto, era su primera palabra.

Me habían advertido de que cuando el niño empieza a hablar hay que tener mucho cuidado con lo que se dice porque lo aprenden todo. De lo que no te advierten es lo que aprendes tú con lo que repite él. Mi hijo en lo de “alacalle” esconde un trauma, y es que le he enseñado a vivir como yo, es decir, en pijama. Me recordó al hermano pequeño de una amiga, hoy un señor respetable. Su padre había sido un alto cargo de la guardia civil en el País Vasco. Dedicó su vida a luchar contra ETA, lo que les obligaba a mudarse con mucha frecuencia. Su primera palabra fue “caja”.

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Cojonudo

La primavera tiene unas formas extrañísimas de manifestarse, hasta el punto de que no llega a todos al mismo tiempo. Esta Semana Santa, en el paseo de Santa Eulalia, mientras algunos caminábamos todavía con las trencas y los calcetines de lana, apenas unos metros más abajo los turistas se daban los primeros chapuzones de la temporada, como si los de la arriba camináramos junto al anuncio de una estación de metro, en el que la playa es una quimera de papel.

Para los de abajo la primavera empezaba a enrojecer partes de su cuerpo que habían permanecido ocultas durante meses; agarraban puñados de arena con las manos, y la dejaban escapar entre los dedos, como un cofre de monedas de oro; y recordaba la resistencia que ejerce el agua en los pies con largos paseos junto a la orilla. Pero no era menos primavera para los que estábamos arriba, cuya simple visión de los de abajo nos daba cierta esperanza, aunque camináramos todavía con las manos en los bolsillos, y la barandilla del paseo desprendiera un tufillo a vagón y a escalera mecánica.

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Cortocircuito

Me despertaron los gritos de una mujer joven. Abrí los ojos y me di cuenta de que todavía era muy de noche, de que apenas había dormido, y de que estaba desnudo en la cama de una habitación que no conocía. La chica volvió a gritar desde alguna de las estancias de la casa. Esta vez creí que decía mi nombre. Al ponerme de pie me sumergí en agua hasta los tobillos. Estaba templada, lo que no era más extraño que tener agua en la habitación. Traté de encender la luz presionando varios interruptores, pero no había luz. La voz de la chica grito: “No hay luz, ha reventado la caldera”. Aproveché la claridad de las farolas de la calle que entraba por las ventanas, y empecé a avanzar hacia la voz provocando un pequeño oleaje, primero en el salón, y después en un pasillo que acababa en la puerta de entrada. Un poco antes se adivinaba el cuerpo de una chica rubia y desnuda frente al cuadro eléctrico. Trataba de subir una y otra vez los diferenciales, que insistían en volver a caer con un chispazo. Cada vez que fracasaba se lamentaba chapoteando con un pie en el agua. Supongo que en ese momento me enamoré, porque no fui capaz de advertirle que a lo mejor estaba a punto de matarnos.

La escena me recordó a un cuento de terror, creo que de Stephen King, en el que un ejecutivo va en un avión en mitad de una terrible tormenta, y es el único pasajero que ve a una especie de duendecillo maléfico sentado en el ala, que juega a destrozar los motores a golpes. Como la chica también era periodista, recordé aquello que nos dicen de que somos océanos de conocimiento con un centímetro de profundidad, en este caso unos diez centímetros de profundidad, lo que significa que como gremio estamos vivos de milagro.

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Fondant

En la pastelería empiezan a saber demasiadas cosas sobre mi vida. María, la dueña, no solo es mi vecina pared con pared, lo que ya le aporta demasiada información, sino que cada vez que encargo una tarta me veo obligado a dar un montón de explicaciones sobre mi intimidad, con lo fácil que le sería leer mis columnas.

Desde que el fondant entró en mi vida ya no sé celebrar un cumpleaños de mi mujer sin encargar una tarta temática que nos describa, que evoque algún recuerdo o exprese algún sentimiento. Antes valía con escribir un poema. Ahora el poema tiene que ser comestible. Pero la última tarta ha estado a punto de costarme el divorcio. No conozco a nadie que se haya divorciado por una tarta, pero de haberse descubierto el pastel la noticia se iba derechita a Forocoches.

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La expulsión

El miércoles expulsaron a Iago del colegio. Reconozco que al principio me extrañó muchísimo porque todavía le queda año y medio para matricularse. Sin embargo no tuve valor de contradecir a la jefa de estudios. “A la visita al colegio se viene sin niños”, me abroncó señalando una puerta que me devolvía a 1983. Puse cara de “claro, a quién se le ocurre venir a un colegio con un niño”, y solo se me ocurrió decir, “por favor, no se lo diga a mi madre“.

Me he puesto a visitar colegios como si en realidad pudiera elegir a cuál irá el mío. En Ibiza si tienes dinero puedes enviarlo al colegio inglés o al francés. Si tienes muchísimo dinero puedes enviarlo al colegio español, que en realidad tiene las clases en inglés. Si no tienes dinero tu hijo irá a clase en catalán, cuya principal ventaja es que a los ocho años ya tiene un montón de puntos para opositar para médico.

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