El periodista en el tejado

He tenido que subir al tejado de mi edificio. No es que me sienta especialmente orgulloso, pero uno nunca sabe cuándo afrontará el último gran reto de su vida. El paisaje era magnífico, salvo por la horda de vecinos que me acusaba haber tratado de inundar trece áticos.

Rodeaban algo enorme que goteaba, y que al parecer me pertenecía, como esos músculos que no sabes que existían hasta que te empiezan a doler. Me recriminaban que no le pusiera solución, quizá con antorchas en las manos, porque me sonó tan fácil como a que pusiera solución a lo de mi raza.

El periodista en el tejado, en EL MUNDO

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Va a matar a un gato

Hace varios días que busco un cadáver. Me siento un poco como en esa leyenda del asesino del Chehuyendo por caminos de perseguidores imaginarios, o de sí mismo hasta el suicidio. Sé que difícilmente podría soportar la conciencia del asesino del Che, si apenas puedo soportar la del asesino de un gato, que incluso podría andar vivo.

Mira que se me han cruzado delante del coche gatos, perros, pájaros, jabalíes, zorros, ciervos e incluso un lagarto negro, del tamaño de una nevera y probablemente extinto, en una isla volcánica en mitad del Atlántico. La semana pasada, además, había cruzado España en coche, de Santiago de Compostela a Murcia, saltando de librería en librería sin tocar el suelo, que es como se viaja en sueños, en sueños de escritores. A lo más que había llegado es a decorar el parabrisas con vísceras de insectos, como esas estrellas que se cruzaban en el parabrisas del halcón milenario cuando pasaba a hiperpropulsión.

Va a matar a un gato, en El Mundo

Lap dance en la peluquería

El que menos hablaba en el piso de estudiantes de Pamplona era David, lo que le convertía también en el más inteligente. David se había ganado una merecida fama de intelectual a base de silencios, una buena colección de autores rusos en la mesilla de noche, y un rictus con el que parecía que la cultura le había abrazado como Alien la cara de John Hurt, dejando para los demás humedad y tentáculos. Fue descorazonador que llegara aquella tarde presumiendo de peluquería, lo que probablemente no fue más allá de la sorpresa de escucharle decir algo tan mundano como que había ido.

David era un influencer, cuando todavía no existía la palabra, y allí que fuimos todos en turnos, determinados por el crecimiento del cabello. Desde la puerta uno ya se daba cuenta de que nada más cruzarla te iba a cambiar la vida, igual que cuando entras en la facultad por primera vez. La música y las luces le daban un aire a sala de spinning, cuando todavía no había spinning. Y todas las empleadas parecían sacadas de pelis futuristas en las que un multimillonario acude a las oficinas de un rascacielos a visitar a sus clones en formol.

Lap dance en la peluquería, en EL MUNDO

La rusa no se desnuda

Durante la mayor parte de mi vida he sobrevivido con lo que podía meter en una maleta. Algo que resulta muy útil si viajas mucho, o tienes que cambiar constantemente de vivienda o, como ahora, tu mujer rellena todos los armarios.

Cuando llegué a Ibiza estaba convencido de que sería para unas horas, y así se lo dije a mis compañeros de trabajo, que no me cogieran mucho cariño; cosa que siguen cumpliendo desde que las horas se convirtieron en días, y luego en meses, y después en lustros. Me resistía a alquilar una vivienda todo el año para ahorrarme un dineral, y cogía mis vacaciones en julio, confiando en que alguien se apiadara de mi alma en agosto, y me dejara una habitación o, directamente, coordinara sus vacaciones con las mías para no verme, y evitar encariñarse.

La rusa no se desnuda, en EL MUNDO

La isla del bosque

El tipo de la gorra se sentó en una silla, puso los pies en alto, y apoyó la cabeza en el cuenco que formó con sus manos entrelazadas. Se quedó mirando s’Illa des Bosc (la isla del bosque), que parece un trasatlántico verde y pentagonal, surcando tonalidades de azul al oeste de Ibiza. El tipo entrecerraba los ojos, respiraba y sonreía. E inmediatamente avisé a Lur, por si Leonardo DiCaprio estaba en su lista. Esa en la que debería permitir una infidelidad, como con Orlando Bloom, o el chico rumano que vino a pintar la habitación de Iago. DiCaprio miraba la isla, y yo miraba a DiCaprio, envidiando su felicidad. El cabrón no solo era DiCaprio. También era más dichoso ante un escenario que yo veía todos los días.

Sentí lo mismo que un adolescente al que conocí en el Gran Bazar de Estambul. Yo iba por ahí oliendo esencias, y pensando en Daniel Craig y Liam Neeson matando gente en thrillers ambientados en este laberinto. Mientras Lur tocaba con las yemas de los dedos todos, pero absolutamente todos, los pañuelos del Gran Bazar, y así habría seguido hasta Islamabad, buscando, ya no diría chachemir auténtico, sino probablemente el extraído de una única cabra de la región de Ladakh, que atendía al nombre de Noelia.

La isla del bosque, en EL MUNDO

El Quijote

No es que sea antivacunas. Simplemente no estoy pasando por un buen momento. En concreto, el momento de ponerle a Iago la tetravírica de los tres años, contra el sarampión, la rubeola, parotiditis y varicela; y que probablemente me lo deje durante veinticuatro horas como Jack Nicholson al final de ‘Alguien voló sobre el nido del cuco’.

Pero el problema no es ese, sino que Iago está a punto de generar su primer recuerdo, pediátricamente ubicado en los tres años y cuatro meses de media y, de ser la inyección, no me apetece salir en los títulos de crédito.

El Quijote, en EL MUNDO

¿No será su hijo?

Nunca le conté al psiquiatra que de niño me perdía, o me perdían, con demasiada frecuencia. La diferencia es lo que separa a un niño inquieto de un trauma infantil. Mi madre se esforzó en que aprendiera muy pronto la dirección, que le soltaba al primero que se apiadaba de mi llanto en una esquina. Con mi abuela lloraba con más frecuencia, pero solo cuando jugábamos, o eso me decía, a pedir limosna en las calles de Sanxenxo. Yo lloraba poniendo la mano, y ella fingía que se agobiaba de pena, hasta que alguien sugería llamar a la policía.

De niño mi madre me enseñó a disparar una escopeta; si me dolía la garganta me daba whisky con miel y limón; y solo una vez me atropelló con el coche. Quizá le reprocho el día que me subió a la fuerza a un tiovivo en las fiestas del Carmen, después de semanas plantado a sus pies, porque yo solo quería mirar, que es lo que decimos los cobardes.

“¿No será su hijo?”, en EL MUNDO

La llave de cera

Durante un tiempo fui un tipo al que se le daban bien los portales. Eran mi especialidad. Tenía amigos a los que se les daban bien los bares, y amigos a los que se le daba bien el coche, pero yo en los portales daba lo mejor de mí mismo. Las despedidas nocturnas en los portales eran mi tierra batida. Donde podía remontar resultados muy adversos, y empezaban besos de despedida que podían prolongarse toda la vida.

Una vez empecé una relación clandestina en un portal, y me pillaron porque era el único habitante de la isla de Ibiza que tenía una camiseta de ‘Nunca máis‘; que ella, menuda, y con pinta de gato hambriento, no pudo tapar con sus ojos inmensos.

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“¿Silla? ¿Qué silla?”

La silla en la que trabajo es robada. Mi amigo F. había decidido dejar la empresa que dirigía porque estaba muy descontento con su propia gestión; y el día antes de que enviaran a su sustituto se llevó la silla. No recuerdo a qué se dedicaban pero diría que a matar insectos, o a algo muy aburrido, porque la única anécdota que le recuerdo contar del trabajo fue el día que entre todos los empleados mataron a pisotones un escarabajo; lo recogieron con un folio, limpiaron las tripas del suelo con un clínex, y lo tiraron a la papelera, hasta que a los pocos minutos lo descubrieron trepando completamente recuperado, como un Terminator.

Celebrábamos el autodespido de mi amigo hasta que, a las tantas de la mañana, propuso hacer una última visita a su despacho. Luego me pidió que le esperara en la calle y, al poco, bajó con un sillón. De esos de director, enorme, de cuero, acabados en acero cromado, mecanismo basculante y respaldo ergonómico. Yo odio las sillas demasiado cómodas porque se eterniza el trabajo. Con una silla incómoda estás deseando acabar cuanto antes. Una vez tuve una novia que no paraba de cuestionarse nuestra relación hasta que se sentía infeliz. Entonces se tranquilizaba.

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La pistola del abuelo

El sábado pasado Mathias se levantó muy temprano, o muy tarde, para los que estábamos en Galicia y no en Montevideo. Había repasado el discurso en la cabeza y se marchó a la panadería del abuelo, en el barrio de Conciliación, con la embarazosa misión de quitarle una pistola. Supongo que uno descubre que tiene 85 años cuando nadie más sabe apreciar que has tenido una idea brillante.

Mucho antes, como setenta años antes, había tenido otras ideas brillantes, como cuando decidió ir a las fiestas de Tamallancos y conoció a Milucha, la mujer de su vida. Y le preguntó si quería bailar, como tantas otras veces en las que sin querer acabas preguntando si quieres embarcarte en la aventura del resto de tu vida.

La pistola del abuelo, en EL MUNDO