El cerdo de Faulkner

De todos los órganos que se iban poniendo sobre la mesa mis favoritos eran los ojos. Si había cerca algún adulto con un cuchillo le pedía que le sacara alguno al cerdo y me lo entregara. Al globo ocular siempre le colgaba un trozo de carne y yo lo agarraba como a una estrella fugaz por la cola. El objetivo era asustar a mis hermanas mayores, cuyo único contacto con la matanza era aquel ojo que dejaba sobre su colchón, o sobre su plato vacío al poner la mesa, como aquella sopa de Indiana Jones en el templo maldito. Si las pillaba de espaldas les rozaba con el ojo en una oreja, y al girarse les gritaba: “¡Te vi!”. Luego me pegaban bastante. Pero siempre merecía la pena.

Risto Mejide dijo que “crecer es aprender a despedirse”. Pero si eres gallego añadiría que es aprender a despedirse de un cerdo, por lo menos una vez al año. En la aldea yo nunca dejé de bautizar al mío. E incluso podía seguir refiriéndome a él por su nombre, Tristán o Gonzalo, mientras me comía su hígado cada puente de diciembre, cuando apenas llevaba unos minutos muerto, como si fuera a conferirme poderes sobrenaturales, además de un colesterol perenne; o traían la tina con su sangre extraída de la yugular para hacer las filloas, o empezaban a filetearle la papada junto a una sartén salpicada de sal gruesa, mientras la familia aguardaba en círculo portando pedazos de pan.

El cerdo de Faulkner, en EL MUNDO

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Ojo de halcón

Hace tiempo que sé que soy un desastre como periodista del corazón. Una vez me acosté tardísimo porque tuve que ingresar en urgencias a Ernesto de Hannover, y cuando me desperté no había ningún medio que no me hubiera pisado la exclusiva. No fue dejadez. Es que no tenía ni idea de que fuera noticia. Me interesa poquísimo la vida privada de los demás y casi nunca sé qué es lo que tengo que preguntar. Esta semana una periodista le preguntó a una modelo en un photocall que cómo titularía esta etapa de su vida, y me entró un ataque de risa, hasta que me di cuenta de que yo tenía todas las etapas de mi vida sin titular.

Después recordé que casi todos los niños de 40 años contamos la vida en ligas de fútbol, como si todos naciéramos un poco en septiembre. Tus mejores diarios son esas libretitas que había con el calendario de las jornadas. Y casi toda tu infancia puede contarse desde un bar en Galicia cubierto de serrín, al que entrabas con tus padres a última hora de la tarde, como caminando sobre nubes y con lágrimas de paraguas, para esperar a que llegara el folletín con los resultados. El otro día le pregunté a mi padre si cuando llovía todavía echaban serrín, pero me respondió que ya no llueve.

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Testículos en la cabeza

Me ha llamado Gustavo, mi psiquiatra. Los psiquiatras no te llaman, los llamas tú a ellos, y a ser posible nunca. De ahí que durante un buen rato no supiera qué hacer con su nombre en la pantalla del móvil. Gustavo, además, ni siquiera es un nombre de psiquiatra. Un psiquiatra como dios manda tiene que tener nombre y apellido, normalmente del siglo XIX, y para bautizar un reloj suizo, o una caja de chocolatinas.

Hay llamadas que tienen un efecto despertador, y las de los psiquiatras se parecen mucho a las de las ex novias. Estás tranquilamente en el sofá de casa, sentado con tu cordura, y de repente regresas a ese instante de tu vida en el que estabas como José Arcadio Buendía, atado a un castaño y hablando en una lengua ininteligible, que es como se acaban todas las relaciones.

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El último farero

Una de las peores cosas que le pueden pasar a un periodista es que las cosas no estén donde deberían. Y no me refiero a un teléfono en la agenda del móvil, ni al cadáver al pie del andamio, ni al concejal de Obras tras las alcachofas de colores de los medios, como si olisqueara un ramo de margaritas silvestres. Me refiero a esos días en los que alguien decide de repente no interpretar su papel, y empieza a decir cosas que no has dejado escritas previamente para poder llegar antes a casa. Tener un mal día, en esta profesión, es eso que le pasó a unos compañeros de Nueva York, que grabando las declaraciones de un bombero que había sofocado un pequeño incendio se les coló en la toma un avión chocando contra una torre gemela.

En Ibiza pasa muy a menudo que casi nadie es quién dice ser para poder ocultar un pasado en el que se esconde la noticia. En uno de los primeros juicios que cubrí un tipo había apuñalado a otro en una discusión de tráfico. Antes de entrar en la sala me entretuve hablando con el único testigo. Un austríaco que pasaba por allí con su coche. Y con Cristina, la abogada del acusado, con quién años más tarde entablé una efímera amistad. Estás ahí charlando, antes de un juicio de lo más simple, y de repente descubres que el austríaco es un multimillonario dedicado a la compra de diamantes de sangre, y que Cristina había sido monja de clausura en Argentina antes de especializarse en la defensa de narcotraficantes de Ibiza.

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‘It’

Iago ha empezado a levantarse solo, y creo que ya tengo el síndrome del nido vacío. En lugar de venir a mi cama a incordiar prefiere deambular por la casa. Habla a susurros con sus juguetes, o con un paquete de clínex, en su idioma ininteligible de bebé, como planeando una fuga que fracasa con el tintineo de las llaves de la puerta rozando con las yemas de sus dedos.

Es un detalle que intente no despertarnos en sus huidas previas a las siete de la mañana, pero aunque trates de permanecer en la cama pronto te das cuenta de que no tiene ningún sentido. El avatar se desplaza pero eres tú el que desde la cama se corta en el cajón de los cuchillos, o saborea el azul del suavizante concentrado, enciende el horno, vacía los restos del biberón de la noche anterior sobre el cheslong, tira el módem por el balcón o apuñala la tele de plasma con las pinturas de cera. En el mejor de los casos no te despiertas, y entonces amaneces en un salón plagado de varillas de espagueti, lentejas como una plaga de insectos y latas de conserva.

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Dejar de fumar

Fue el escritor David Torres quien más me animó a escribir. Ahora es quien más me anima a permanecer con vida, por eso me recomienda cápsulas de levadura de arroz rojo. Y lecitina. En la revisión médica del trabajo cada vez tengo que anotar más cosas. El problema es que ha engordado tanto mi currículum de dolencias como mi capacidad para empatizar con las que me sugiere el cuestionario.

En la parte de si manejaba materiales peligrosos, ayer puse que las palabras, y se lo entregué así a una enfermera joven y de melena rubia que al leerlo no le prestó atención, o le prestó la atención que merecía un imbécil. Luego me hizo apretar cosas, me golpeó las muñecas con un minibastón, me hizo leer, oír, soplar. Con el electro busqué su mirada como busco la de las azafatas cuando hay turbulencias, no sea que antes del impacto contra el suelo decida incumplir el protocolo de seguridad y se muerda las uñas. En mi primera revisión laboral me vieron no sé qué en el ventrículo y me dijeron que no me preocupara, principalmente porque no se podía hacer nada, ni siquiera dejar de fumar, porque no fumaba, lo que aumentó mi preocupación.

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La Cataluña de Julio Verne

De noche, la isla de Formentera, desaparece. Lo descubrí el miércoles tratando de seguir un sendero que debía transcurrir entre campos de higueras, de esas que las estacas ayudan a crecer como platillos volantes, pero que bien podía estar atravesando el Mediterráneo. Acababa de cubrir el partido de Copa del Rey entre el Athletic de Bilbao y el Formentera, y de descubrir que los cronistas deportivos escriben sus textos durante la segunda parte, por lo que cuando salí de allí lo hice atravesando un estadio iluminado y vacío, como extraído de un episodio de The Walking Dead.

De alguna forma que desconozco conseguí llegar al autobús que debía devolverme al puerto para coger el último ferry con destino a Ibiza. Para mi sorpresa el conductor me estaba esperando en la puerta y no era conductor, sino conductora, muy guapa, es decir, acostumbrada a manejar maquinaria pesada, e iba vestida en ropa de spinning. Lo primero que me dijo fue que si no llegábamos al ferry me podía quedar a dormir en su piso. Un canto de sirena que no descifré hasta que la vi girar el volante gigante del autobús como si desenroscara el tapón que hundiría la isla.

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La perra de Chandebrito

Además de los domingos, más o menos cuando mis padres salen de misa, tengo por costumbre llamar a casa durante las olas de incendios, más que nada para saber si todavía hay casa a la que llamar. Las madres gallegas retransmiten los incendios como las borrascas y los entierros, como recordando que no somos nadie ante la atmósfera.

La de Galicia hace mucho que es irrespirable, pero como una muerte dulce de brasero. De niño, de adolescente, de universitario, o cada seis o siete años, mi padre repite un ritual que consiste en regar los cipreses de la entrada, confiando en que el fuego se detenga como ante la visión de un crucifijo o una ristra de ajos. En las crónicas de los incendios el miedo se dibuja con forma de tsunami amarillo de veinte metros de altura, pero en realidad hay algo más aterrador: el ruido. Lo recordé al escuchar a la madre de una aldea de Melón contar cómo su niño de cuatro años se había hecho pis encima horas antes de que el fuego devorara su casa, porque eso es exactamente lo que hace el fuego, masticar hectáreas con un crujir de cereales en el desayuno, como el monstruo de un cuento.

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‘Menos mal que has venido’

Siempre he sabido que mi amigo Fernando tenía muchísimo dinero, lo que pasa es que a veces se te olvida y te acostumbras, como si tuviera estrabismo o un labio leporino. Fernando es el típico que te llama y te dice, “vamos a Formentera”, y de repente te ves en su yate de catorce metros, con una copa de champagne rosado en la mano y hablando de Podemos. Pero no recuerdas que tiene mucha pasta hasta que de repente le ves dirigir el barco con un mando a distancia que le cuelga del cuello, como un bolígrafo multicolor.

El jueves me volvió a pasar en la cena familiar del presidente de un club de fútbol de Primera División. No me impresionó que su salón tuviera las dimensiones de la finca de mi comunidad de treinta y tres vecinos, ni que en medio hubiera un parque acristalado con césped artificial del tamaño de mi piso, ni el minicine. Como éramos cuatro parejas con ocho niños hasta me pareció lógico lo de las dos niñeras. Pero entonces se produjo un momento en el que me sentí como Julia Roberts en ‘Pretty Woman’. A veces tener dinero no es una cuestión de dinero. Como todos los niños tenían camisetas de ese club de fútbol de Primera División me entregaron una cajita para mi hijo con la equipación completa de esta temporada, y su nombre grabado a la espalda, para que se la pusiera de inmediato y completara su integración.

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Sexo o independencia

Marc. 44 años. Informático en paro. Mono, no sé, normal, me contaba mi amigo Adrià. En una de las fotos del Tinder solo salía de cara, pero luego había otra en una fiesta, y otra en la que hacía como si pilotara una lancha. Nos gustamos, me cuenta. Vamos, que se produjo el match, que dice esta app de citas. Empezaron a hablar, primero por Tinder, pero luego se dieron el móvil para whatsapear. Con el paso de los días la cosa fue subiendo de tono y Marc propuso de quedar. Adrià dijo que sí, pero por problemas de agenda la cosa se acabó demorando un mes. En concreto hasta el 1-O.

Hasta entonces no habían hablado de política. ¿Para qué?, me dice Adrià. Hablaban de lo mucho que tenía que currar, de todo el tiempo libre que tenía Marc. Se mandaban fotos. El día de la cita Marc se animó a preguntar una obviedad. Y ya se sabe lo que pasa con las obviedades. Se lo dijo una vez Cruyff a un periodista: “Si hubiera querido que me entendieras me habría explicado mucho mejor”. Así es que Marc le preguntó: “¿Has podido votar?”. También añadía un “buff, vaya tela nano”, y adjuntaba la noticia de la chica a la que la policía rompió tres dedos, y que resultó ser falsa.

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