Durante un tiempo fui un tipo al que se le daban bien los portales. Eran mi especialidad. Tenía amigos a los que se les daban bien los bares, y amigos a los que se le daba bien el coche, pero yo en los portales daba lo mejor de mí mismo. Las despedidas nocturnas en los portales eran mi tierra batida. Donde podía remontar resultados muy adversos, y empezaban besos de despedida que podían prolongarse toda la vida.

Una vez empecé una relación clandestina en un portal, y me pillaron porque era el único habitante de la isla de Ibiza que tenía una camiseta de ‘Nunca máis‘; que ella, menuda, y con pinta de gato hambriento, no pudo tapar con sus ojos inmensos.

La llave de cera, en EL MUNDO

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