La silla en la que trabajo es robada. Mi amigo F. había decidido dejar la empresa que dirigía porque estaba muy descontento con su propia gestión; y el día antes de que enviaran a su sustituto se llevó la silla. No recuerdo a qué se dedicaban pero diría que a matar insectos, o a algo muy aburrido, porque la única anécdota que le recuerdo contar del trabajo fue el día que entre todos los empleados mataron a pisotones un escarabajo; lo recogieron con un folio, limpiaron las tripas del suelo con un clínex, y lo tiraron a la papelera, hasta que a los pocos minutos lo descubrieron trepando completamente recuperado, como un Terminator.

Celebrábamos el autodespido de mi amigo hasta que, a las tantas de la mañana, propuso hacer una última visita a su despacho. Luego me pidió que le esperara en la calle y, al poco, bajó con un sillón. De esos de director, enorme, de cuero, acabados en acero cromado, mecanismo basculante y respaldo ergonómico. Yo odio las sillas demasiado cómodas porque se eterniza el trabajo. Con una silla incómoda estás deseando acabar cuanto antes. Una vez tuve una novia que no paraba de cuestionarse nuestra relación hasta que se sentía infeliz. Entonces se tranquilizaba.

“¿Silla? ¿Qué silla?”, en EL MUNDO

Anuncios