Nunca le conté al psiquiatra que de niño me perdía, o me perdían, con demasiada frecuencia. La diferencia es lo que separa a un niño inquieto de un trauma infantil. Mi madre se esforzó en que aprendiera muy pronto la dirección, que le soltaba al primero que se apiadaba de mi llanto en una esquina. Con mi abuela lloraba con más frecuencia, pero solo cuando jugábamos, o eso me decía, a pedir limosna en las calles de Sanxenxo. Yo lloraba poniendo la mano, y ella fingía que se agobiaba de pena, hasta que alguien sugería llamar a la policía.

De niño mi madre me enseñó a disparar una escopeta; si me dolía la garganta me daba whisky con miel y limón; y solo una vez me atropelló con el coche. Quizá le reprocho el día que me subió a la fuerza a un tiovivo en las fiestas del Carmen, después de semanas plantado a sus pies, porque yo solo quería mirar, que es lo que decimos los cobardes.

“¿No será su hijo?”, en EL MUNDO

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