Acero azul

Qué difícil es aguantarle la mirada a Aznar, y ya no digamos aguantar a Aznar. Desde la llegada de Pablo Casado a la presidencia del PP, Aznar ha asumido la secretaría general de miradas, bien sea para unir o para acojonar (ya nadie aprecia la diferencia) al centroderecha.

Con Rajoy, el ex presidente había visto cómo unos tipos entraban en su casa a desvalijarla, y por fin se siente libre para ir a mítines a disparar miradas a diestro y siniestro; y esperar los aplausos o, tomándole la palabra a Vox, la medalla al mérito civil.

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El asunto

Hace como doce años, una becaria me mandó un correo electrónico que ponía “tetas” en el asunto. Recuerdo que lo abrí esperanzado, pero allí no había ninguna teta, sino algo tremendamente aburrido, como una noticia, o una petición de libranzas. Acababa de descubrirme el marketing viral. Un poco más abajo se explicaba: “Disculpa, pero pensé que así lo leerías enseguida”. Aquello me hizo reflexionar, y replantearme cosas sobre mi vida, como si merecía la pena empezar a abrir correos con otros asuntos.

Aún conservo relación con la becaria. Le ha dado por crecer, y ya tiene dos hijos, lo que demuestra que su crueldad no tiene límites. Una vez creí haber ligado en la inauguración de una exposición. Yo miraba un cuadro y una chica se acercó por la espalda. Me sonrió con coquetería y empezó a hacer comentarios sarcásticos sobre la pintura con una copa en la mano, como en una peli de Woody Allen. Se lo comenté a un compañero, que fingía mirar un cuadro para poder beber, y me reveló que la chica era nuestra becaria desde hacía pocas semanas. Salí de allí enseguida. La chica debió tardar un poco más porque, cuando la volví a ver, hace dos fines de semana, yo estaba en un cumpleaños con mi hijo, y ella era la madre de dos, mientras le daba al tercero la teta.

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A ver amanecer

Ver amanecer es una de las peores cosas que uno puede hacer por las mañanas. Por culpa de eso, mi padre, dice que una vez vio un Ovni. También puedes encontrar pareja, o perderla, porque lo que parece una buena decisión a las tres de la madrugada casi nunca lo es a las siete. A esa hora, con las calles mojadas y una melodía de escobillas del camión de la limpieza, aciertas por agotamiento, porque hay que estar muy lúcido para fracasar en la oscuridad.

Por eso nunca tomo decisiones importantes en esos aeropuertos que nunca duermen, y la gente sobrevive con luz artificial, en un eterno mediodía de Duty Free. O en los aviones durante un trayecto largo, en el que ves amanecer y anochecer sin sentido, porque pienso lo mismo que John Glenn orbitando la tierra en un cohete del tamaño de una cabina telefónica, que Dios hizo cada parte de mi cuerpo con el proveedor que le ofreció el presupuesto más barato.

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No es lo que parece

Una vez una chica me convenció para que engañara a mi novia con la frase: “Me arrepiento más de lo que no hago, que de lo que hago”. Luego se convirtió en mi novia y me engañó con otro, lo que me enseñó que la justicia divina existe, y que tengo que prestar más atención a lo que me dicen.

Tras recoger decenas de testimonios, está claro que una de las principales razones de los que caen en la tentación es lo mal que les va en sus relaciones, cosa que la mayoría ni siquiera sospecha hasta después de cometer el engaño. El siguiente paso consiste en reducir el grado de infidelidad, que coincide con el grado de culpabilidad, hasta lograr la excelencia negando los hechos, a veces incluso en los preparativos para que vuelva a suceder.

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Moby Dick

En realidad no era una ballena sino un autobús blanco. Aparcaba junto a los jardincillos más próximos al río Miño, donde los curas paseaban antes de las clases de la tarde, lo que le permitía echar la mañana oculta bajo la niebla, como si durmiera en el lecho de un vaso de leche.

En Moby Dick está todo, pero especialmente el miedo y la crueldad humana, como también en aquel autobús. En clase esperábamos por orden alfabético y con la autorización sobre la mesa. Cada vez que alguien regresaba de la ballena nos abalanzábamos sobre él para que diera testimonio, siempre humillante y desgarrador de las torturas. Muchas veces alguno se desmoronaba y se echaba a llorar, o incluso algo más denigrante ante un grupo de chicos de entre diez y once años, falsificaba la firma de sus padres para liberarse de la ballena.

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Leche frita

No tengo ni idea de si mi padre, cuando le pidió ‘de casar’ a mi madre, le prometió que la iba a querer toda la vida. Sé seguro que mi madre no lo hizo, aunque a cambio le prometió leche frita de postre hasta que la muerte les separara. Está acreditado que mi madre incumplió su promesa desde la primera semana, así como que va camino de cumplir lo que no quiso prometer, y evitar que mi padre se fugara a una repostería.

Semanas antes de la boda, mi padre cometió un error imperdonable en la típica comida de domingo en casa de sus suegros. Mi abuela, informada por su hija, le preparó leche frita de postre, y a mi padre se le ocurrió decir que, aunque estaba buenísima, la de su hija era mejor. Quizá pensó que era un cumplido, o que a quien iba a importa sacrificar un alfil por la reina. Salvo que seas el alfil. Mi abuela tenía fama de buena cocinera, cosa que nunca pude comprobar, pero que confirma que durante aproximadamente veinte años, lo que equivale a mil domingos, lo que equivale a mil postres, lograra que mi padre no volviera a comer leche frita como que me llamo Celia.

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Bésame, tonta

Pocas cosas más tiernas que los besos de abuela, especialmente si son muy desagradables. De esos que escarban en las mejillas con los labios como para enterrar un tesoro o redactar una novela. No son besos, son un legado, una forma como otra cualquier de intentar pasar a la eternidad, la transmisión de un gen por vía tópica.
Yo temblaba cuando la abuela Amparo aparecía con sus amigas rumbo a mi cara. Llegaban precedidas de perfumes narcóticos, que te dejaba tan aturdido que podrías perfectamente ser sacrificado conforme a la ley islámica, y vendido en una carnicería halal. Te agarraban la cara con las dos manos, grabando huellas del oro y piedras preciosas, y después las usaban como parapeto del maquillaje, para besarte sin tocarte la cara; de forma que los besos se reducían a su manifestación onomatopéyica, que entraba en los oídos como metralla. Cualquier error en la ejecución se pagaba con pañuelo de tela con saliva.

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60 centímetros

Apenas unos centímetros han cambiado para siempre la vida de muchos hombres; desde los 55 de Bob Beamon a los 24 de Roco Siffredi, que también habrían sobrado a Cardeñosa para evitar pasar a la historia. La mía va a cambiar por 60. Los que necesito para mover una puerta y recuperar mi despacho de soltero. Cuando te enamoras de una mujer como la mía lo normal es que primero pierdas la cabeza, luego el lado bueno del cheslong, y un buen día tu jornada laboral acabe arrinconada por un armario del tamaño de una plaza de garaje.
En el Hotel Overlook de ‘El resplandor’ el negro decía en la despensa que podías pasarte seis meses sin repetir un solo plato. Lur podría pasarse el mismo tiempo sin repetir un solo zapato. No es que dudara de mi talento cuando se casó conmigo, simplemente creyó que algún día necesitaríamos que dejara de escribir para ponerme a trabajar.

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¡Por el amor de Dios!

Ver una caña de chocolate y pensar en San Juan Bosco, y ver un helado de cucurucho y pensar en María Auxiliadora es mi trauma favorito de la infancia. Los caminos del Señor son inescrutables y eso incluye también al tubo digestivo. Los Salesianos lo sabían, y así se premiaba nuestra asistencia a las dos citas religiosas más importantes del calendario escolar. Era publicidad subliminal comestible.También matemáticas, en concreto una regla de tres, por la que habría una recompensa después de la muerte como la había después de misa de doce.

Lo cierto es que para ser un colegio y luego instituto solo para chicos rezábamos poquísimo, lo que distaba mucho de ser todo lo que sabíamos. Se nos pegaba de forma coherente para mantener el silencio en la oración, por lo que desarrollamos desde temprana edad códigos de conversación gestual como para secuestrar con diligencia un avión.

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Infidelidad rápida

Tiene cierta lógica enamorarse a primera vista en un restaurante de comida rápida, incluso si ya te estás marchando. A veces uno cree que si no queda comida en el plato y ya tiene la chaqueta puesta está libre de cometer una infidelidad.

El problema no es mirar, que también. De hecho Lur y yo miramos muchísimo. Y nos damos codazos. Debemos tener los húmeros llenos de surcos como la escalinata de mármol que baja a la cripta de la catedral de Santiago. Supongo que hay un punto intermedio entre la infidelidad bisexual de los Underwood, y lo que viene a ser una simple comprobación de las constantes vitales de tu pareja, ya sea para conservarla o para escribir ficción; tanto la inventada como la que vive la realidad de tu cabeza y paga la guardería.

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