Los lugares favoritos

Tengo un nuevo lugar favorito. Ha aparecido sin darme cuenta porque a veces los lugares favoritos no están a simple vista, sino que necesitas permanecer en ellos cierto tiempo hasta ser conscientes de su existencia. Cuentan mis padres que durante mucho tiempo mi lugar favorito fue la bacinilla. Que permanecía durante horas con el culo enterrado mientras avanzaba por la casa arrastrando los pies. Mucho más cómodo sin embargo que otro lugar favorito que tuve de mayor: el naufragio de un buque griego a tres metros de profundidad al que llegaba nadando desde la playa.
Lo que sería ideal, ya que me da por esto de escribir, es que mi mesa de trabajo fuera mi lugar favorito, pero nunca es así. Los escritores, en realidad, no queremos escribir, sino leer nuestras historias brillantes sin pasar por el engorro de aporrear el teclado durante horas, o contemplar por la ventana el aparcamiento de la comunidad de vecinos, como es mi caso, esperando a que la inspiración se meta en mi plaza.

Los lugares favoritos en EL MUNDO

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Devolver la poesía

Me encantaba encontrarla en casa. Llegaba de trabajar y ella se había metido desnuda en mi cama o en mi cocina a picar almendras para hacer panellets. Un día me robó la llave, se hizo una copia y acabó en mi vida por allanamiento. Luego vino lo de comprar el piso, lo de pintar y llenar las estanterías, lo de viajar a Roma, a Túnez. Nunca me dijo que me quería pero a veces me agarraba una mano, la miraba como si me leyera el porvenir y se echaba a llorar.

Hace años que nos separamos. Recuerdo que durante un tiempo, para no esperar sus mensajes, montaba y desmontaba el Nokia sobre la mesa como un francotirador. En el penúltimo me avisó de que pasaría a recoger ropa, y que le dijera una hora por si prefería no verla. Hace un par de meses pasó frente a mi mesa en una terraza. Mi hijo Iago estaba en las rodillas de un amigo que trataba de leerle El País, y nosotros fingimos no vernos, o vimos que ya no nos reconocíamos.

Devolver la poesía, en EL MUNDO

Irse a la mierda

Me impresiona la gente que, en su ansia por ir de vacaciones a sitios alternativos, acaba en lugares espantosos. Descubrir sitios a los que no va la gente implica descubrir precisamente el por qué. Y lo dice un tipo que tras viajar por cuatro continentes, su máxima aspiración es encerrarse en un hotel, que le pongan una pulserita como a un palomo, como a un palomo imbécil, y fingir durante una semana que su hijo no es suyo, sólo para tumbarse junto a una piscina con un puente, salpicada de palmeras artificiales, y con un mono de plástico que derrame un barreño de agua sobre su cabeza.

Una de las principales tareas de un turista es subirse a los sitios altos, aunque sea sólo para llevarse la misma decepción que me llevé yo al subir a la Torre Eiffel, y descubrir un París insípido, precisamente porque no se veía la Torre Eiffel. Aunque nada que ver con lo que le pasó a un par de amigas que acaban de volver de Canadá, y que gracias a Facebook pude descubrir que no tenía árboles. Sus vacaciones se limitaron a ir de ciudad en ciudad, subirse a un rascacielos con el cielo encapotado, y hacerse fotos panorámicas sobre algo que podría ser Toronto, Montreal, Nueva York o las tripas de un radiocasete.

Irse a la mierda, en EL MUNDO

Colecciones asesinas

El género de los cortos de terror oculta obras maestras en los anuncios de coleccionables que salen en televisión. Cualquier guionista sabe hoy en día que para describir a un asesino en serie hace falta una buena colección en las estanterías de su guarida. Lo de los mechones de pelo y los meñiques ha quedado anticuado porque el público demanda algo más sofisticado que un susto de sangre y carne deshilachada. Necesita algo que se le pegue a la retina y le golpee en el estómago durante semanas. Que a las cuatro de la mañana le haga dudar si levantarse a hacer pis o intentar seguir durmiendo, o si las sábanas cubren completamente sus extremidades. Y todo porque el asesino coleccionaba abanicos internacionales, o cucharillas de café, o rosarios del mundo, o dedales de porcelana esmaltada. El quiosco es la antesala del retrato robot. Si yo fuera la CIA o el FBI no permitiría salir al mercado un dedal de porcelana esmaltada sin un chip de localización.

Colecciones asesinas, en EL MUNDO

Concierto para marihuana

Miércoles

Paseo por el puerto de Ibiza. Me informan de que los multimillonarios megaricos también tienen problemas. E incluso los que están por encima de estos, y a los que no hay forma de ponerles nombre, como el príncipe Abdul Aziz bin Fahd Al Saud, último hijo del fallecido Rey Fahd de Arabia Saudí. De hecho tendría más sentido crearles un grupo cuyo nombre no tuviera que ver con el dinero.

A Abdul le encanta entrar con su Rolls Royce blanco en su yate, el Prinze Abdulaziz, de 147 metros de eslora, más o menos como meterte en un Santiago Bernabéu y medio. A algunos de sus invitados, un grupo de príncipes de sabe dios dónde, a los que pone un Mercedes por cabeza y servicio de chofer 24 horas, les gusta fumar en cachimba en la terraza del Mambo. A mí también. Los tipos beben rápido y dejan buenas propinas. Comentan con el camarero que han cambiado de atraque. Ahora se han ido lejos del centro de la ciudad porque el Ayuntamiento ya no le deja entrar al barco con el Rolls. Y que tenía que caminar 400 metros rodeado de su séquito por delante de todo el mundo, en plan Sacha Baron Cohen en ‘El dictador’. Y que le daba cosica, aclaran, pero no con palabras, sino como si tragaran zumo de limón.

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La Fiesta del Olvido

Por segundo año consecutivo el Partido Popular arranca el curso político echándose al monte. En concreto, a la carballeira de San Xurxo, en el ayuntamiento pontevedrés de Cercedo-Cotobade. Una forma de arrancar la temporada que ya popularizó Fraga en el Monte do Gozo, y en la que se ponen de manifiesto las dos Españas. La de Cataluña, en la que Puigdemont hace país anunciando 6.000 urnas, y la de Galicia, donde Fraga te anunciaba 30.000 raciones de empanada.

Una vez en el monte, fue Núñez Feijóo el que se encargó de las bienaventuranzas: “Malditos aquellos políticos que dividen a la gente”. Tras lo que recibió la mirada orgullosa de Rajoy, que más que plantearse una sucesión, parecía preguntarse como Sazatornil en Espérame en el cielo, si alguien se daría cuenta de un cambio de gallego.

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El Rey bolardo

El ser humano tiene unas formas de superar el miedo que acojonan. Las amenazas a España de ‘El Cordobés’, el hijo de la Tomasa, han desatado un ataque de risa virtual. Parece increíble que después de lo ocurrido en Barcelona los españoles percibamos al portador de las amenazas del Estado Islámico como a un personaje tan próximo al dictador de Sacha Baron Cohen o al Dr. Maligno de Austin Powers. “Ante el horror, humor”, proclamaba la cómica Raquel Sastre. Da pánico.

Sin embargo, gracias al ‘Cordobés’, el terrorismo ha recuperado cierto protagonismo en el atentado. Se había quedado diluido entre el conflicto sobre el uso del catalán, sobre el uso de niños en los hospitales, sobre el uso de los púlpitos, sobre el uso de las alcaldías, sobre el uso de los cuerpos de seguridad, sobre el uso de la información que vienen de Bélgica, y sobre el uso de las manifestaciones, con el que la CUP ha dado un nuevo uso a la monarquía, el de víctima.

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La noche que Tom Hanks, Sting y Bruce Springsteen cenaron con un fantasma

Miércoles

– Mañana voy a llamar a alguien.

– ¿A quién? Ya miré en las páginas amarillas. Mudanzas sí aparece. Fenómenos extraños no.

Poltergeist (Tobe Hooper, Steven Spielberg, 1982)

Viernes

Cuando voy a sa Capella pido la mesa de la señora Pepita. Allí ahora tiene su foto. Antes tenía su cama, en la que murió a los 94 años. Dice Carlos, el encargado, que “muy de vez en cuando”, por allí, les estalla una copa.

La noche que Tom Hanks, Sting y Bruce Springsteen cenaron con un fantasma, en EL MUNDO

Morir catalán

Cuando el conseller de Interior de la Generalitat, Joaquim Forn, matizaba en TV3 que en el atentado de Barcelona habían muerto “dos personas catalanas y dos personas de nacionalidad española” enseguida me vinieron a la cabeza otros titulares que ya forman parte de la historia del periodismo, como el de “Dos personas y un gitano resultan heridas en la calle Alfredo Abella”, o mi favorito: “Mueren un hombre y un señor en un tiroteo en Valencia”.

La entidad contraria al independentismo, Societat Civil Catalana, y la líder de Ciudadanos en Cataluña, Inés Arrimadas, se llevaron las manos a la cabeza con las palabras de Forn, confirmando principalmente lo poquísimo que ven TV3, y ya no digamos Telemadrid, o la Televisión de Galicia, o la IB3 balear, donde el ejercicio diario consiste en la identificación autonómica de seres humanos, que inmediatamente se separan de las del resto del Estado español al mismo nivel que las extranjeras. No es política de empresa, es su razón de ser, extrapolable a la prensa local de cualquier región del mundo. Lo impropio habría sido que Forn lo hubiera soltado en TVE, o que directamente hubiera dicho “dos personas de nacionalidad catalana”.

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No me enseñes más postales

Habían matado a uno. De aquellas mataban a muchos. Estábamos en un bar en Pamplona algunos estudiantes de periodismo leyendo los periódicos, pero fue el camarero el que elogió la portada de El País porque era la única en la que el asesinado por ETA estaba tapado con una manta. A ninguno se nos había pasado por la cabeza elogiar la portada de El País. Llevábamos tanto rato mirando periódicos que teníamos las manos llenas de tinta de sangre y pincho de tortilla. Se me cayó la cara de vergüenza, por lo menos hasta que salí del bar y me metí en una redacción, años después, donde todo lo aprendido me devolvía al mismo sitio. A llegar primero, a que no mostrar la realidad con toda su crudeza es no mostrar la realidad, frases cortas, con orificio de entrada y salida, sin adjetivos, sin mantas.

La profesión te incapacita para cualquier debate deontológico. Tienes que trabajar, lo que implica pensar rápido, lo que implica pensar mal. Y entonces vuelves a la Facultad como cuando llamas a tu madre para que te recuerde cómo se asustan las lentejas. Mi profesor de Proyectos Periodísticos Miguel Ángel Jimeno sigue donde lo dejé: “Me preguntan si soy partidario de herir la sensibilidad del ciudadano. Lo soy“.

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