Estar solo

De vez en cuando aparece alguna amiga sin pareja que me pregunta si le puedo presentar a alguien. Entonces me acuerdo de Lolo. Casi de inmediato. Un tipo atractivo, como acredito inmediatamente con una foto, profesor universitario, piso cerca del mar, y que escribe libros de historia en su tiempo libre. Todo lo necesario para que resulte muy sospechoso. Cuando me lo encuentro tiene cara de ir o venir de la mansión de ‘Eyes wide shut’. Los casados con hijos siempre pensamos que los tipos como Lolo están yendo o viniendo de la mansión de ‘Eyes wide shut’. Entonces le pregunto si ya se ha echado novia, para actualizar su ficha y, de paso, que deje de joderme la vida con la que él tiene en mi imaginación.
El miércoles me dijo que había estado dos años viviendo con una chica, pero que al final se dio cuenta de que quería estar solo. Lo dijo con un punto de amargura, como si se tratara de una maldición que ya le he escuchado otras veces. Otros somos más de estar siempre en pareja, hombres de una sola mujer, o al menos de una en una sola mujer. Estar solo me resulta una necesidad extrañísima, lo que hace que me observe como a una especie de oso amoroso con un arco iris tatuado en la tripa.

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Sacar la basura

Me acuerdo a veces del psiquiatra argentino de ‘No sos vos, soy yo‘, quien decía que en los matrimonios hay días buenos, que son pocos; días malos, que por suerte también son pocos; y luego la gran mayoría de días en las que no pasa absolutamente nada. Uno de esos días, el martes, lo mejor fue que al acabar de trabajar el niño ya estuviera en la cama, porque en la nevera no había nada. Cogí uno de esos mini yogures líquidos para bajarle el colesterol a mi hambre, y me dejé caer en una silla del comedor, que al arrastrarse soltó un leve quejido. Lur dijo desde el sofá que había que comprar adhesivos para las patas, pero como si hablara en sueños. La miré y estaba un poco inclinada hacia adelante, en una postura incómoda. En la tele echaban informativos pero no se estaba enterando de nada. Solo estaba cansada.

Luego me dijo que había que acordarse de inflar las ruedas del coche, que están bajas; y que tampoco había toallitas húmedas para el niño. Fueron sus últimas palabras. Su corazón probablemente latía a ocho pulsaciones por minuto, como hacen unos murciélagos cuando hibernan. El yogurt me estaba sentando fenomenal porque hasta puse los pies en otra silla, dejándome atrapar por el sueño, antes de que el universo se viniera abajo. Allí estaba, en el balcón, vestida de lila, rodeada de estrellas. Esperándome.

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Niñeras

No sé si esto es una columna o una llamada de auxilio, pero no encuentro niñera para Iago. No es por nosotros, es por él, o más bien por prescripción matrimonial. Mi psiquiatra dice que tenemos que tener nuestro espacio, lo que se traduce en intentar salir a cenar al menos una vez a la semana, aunque a duras penas fingimos que nos apetece una vez cada dos meses. Cada vez que llegaba Andrea solo queríamos irnos a dormir al coche. Una noche volvimos destrozados y presumiendo de fiestón. Al pagarle me devolvió avergonzada más del doble del dinero. Sólo habíamos estado fuera 75 minutos.

Ahora Andrea ha conseguido trabajo fijo en una guardería, cambió de novio. Un día empezó a hacerse fotos en bikini y ahora tiene 11.000 seguidores en Instagram. No creo que vuelva, y eso que no paro de darle likes. Como tampoco aquel pintor que se parecía a Orlando Bloom y mi mujer ya no sabía qué mandarle pintar.

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Malas noticias

Hay gente que es un auténtico desastre dando malas noticias. No es que sea un arte, pero hay profesionales dotados para convertir las bofetadas de la vida en meras inclemencias del tiempo, igual que hay auténticos malabaristas que, sin saber cómo, consiguen empeorar la situación. Cuando mi amiga Ana era pequeña llegó una tarde a casa y se encontró a sus dos hermanos, todavía más pequeños, solos y hambrientos. A medianoche se le ocurrió llamar a su tía por teléfono, que solo le dijo: “Ha muerto alguien pero no te puedo decir quién“, y colgó. Es cierto que no quería asustarla, pero aún hoy, a sus cuarenta y pico añazos, Ana conserva el espasmo en la cara, aunque el que había muerto era el dueño del bar de debajo de su casa.

Es verdad que veces el del bar es como de la familia, o de la empresa. Lo aprendí en mi etapa de becario en Santiago, donde era difícil distinguir el bar Goliardos de la redacción. Y eso que yo no fui de esos becarios a los que los compañeros mandaban a por cafés. A mí me mandaban a por whiskies y rones con limón. Tampoco diferenciaba a Ángel, el camarero, de un redactor de sucesos. La distancia entre el periodista y el camarero es a veces escasa. Quizá porque el segundo cuenta con la dificultad de tener que dar las noticias mirando a los ojos de sus lectores.

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London Calling

A los ibicencos nos encanta ir a Londres de vez en cuando para dejar de ver ingleses. Hace años que uno puede pasearse por Londres, o por casi cualquier ciudad europea ignorando durante un buen rato si está paseando por Estambul o por Barcelona. Por eso no entiendo, cómo antes de llegar, me viene el recuerdo romántico de una ciudad que nunca conocí, pero que algún día existió, aunque solo fuera en mi imaginación, probablemente por el mismo mecanismo por el que dos personas se aman eternamente.
Pronto me doy cuenta de que no hay permanentes thatcherianas, ni americanas con jerséis de cuello de cisne, ni tipos con pinta de venir de apostar contra Willy Fog. Ni siquiera un sketch de Benny Hill, o Dick Van Dyke dibujando tiovivos con tizas de colores en los senderos de Hyde Park, ni el suelo empapelado con portadas del Star sobre el último asesinato en Whitechapel.

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El coche bomba

A los que trabajamos en casa nos preguntan constantemente si echamos de menos tener un sitio adonde ir, como si hablaran de un comedor social. Pero la mayoría reconoce envidiar nuestras jornadas laborales en pijama o en gayumbos y, muy especialmente, la posibilidad, y abro comillas porque la frase se repite constantemente, de “no tener que ver a nadie”. Una sentencia que nos obliga a reflexionar qué clase de oficinas tenemos en este país para que haya 4.000 voluntarios dispuestos a embarcarse en un viaje sin retorno a Marte.

En la isla suelo recoger como náufragos, ya sea del agua, o del aeropuerto, a mis compañeros de Madrid. Les llevo a casa y les alimento para que una vez pasado el trauma me hablen de cosas peninsulares, normalmente inventos y palabras nuevas, estos días ‘Think tank’, que extraen de un saco como Gandalf sacaba los fuegos artificiales en La Comarca, y ante las que solo puedo bailar en círculos enhebrando brazos imaginarios.

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Nostalgia de la muerte

El ilustrador Gabi Beltrán cree que se acerca el invierno. No lo dice porque sí, es que hace varios días que en Ibiza no recogemos un cadáver balconizado. Comenta que este vacío ya le provoca ganas de ponerse una rebequita, porque en la isla son los muertos los que fijan las temperaturas.

Ayer un coche de policía y una ambulancia aparcaron de mala manera en el portal. Un vecino lo comentó en el chat de la comunidad, porque no le debió parecer un buen augurio. Hacía apenas cinco minutos que había bajado con Iago camino de la guarde. Ahora nos da por contar lagartijas. Por suerte no pasaba nada, o al menos nada anormal, más allá de que un vecino había fallecido. A veces creemos que lo normal es contar lagartijas, y no morirse, por lo que nos pasamos la vida perdiéndonos lo extraordinario.

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Se retira el minivestido

Le di a la rubia del minivestido de flores mi número de teléfono, y ella no me quiso dar el suyo, aunque eso no me desmotivó. Sabía que en la Flower Power de Pacha nos habían hecho una foto juntos, y al día siguiente la busqué desesperadamente. Luego informé a mi amiga Teresa de que me había enamorado, y del pequeño inconveniente de que tenía que esperar a que ella me llamara. Al final le enseñé la foto. A Teresa le dio un ataque de risa y después me acarició la nuca como para comprobar la madurez de un melón. “Esta tía no te va a llamar”, me dijo.

El lunes, es decir, diez años después, Lur trató de volver a ponerse el minivestido. Le servía, pero los encajes blancos del escote y los bajos habían amarilleado. Lo devolvió al armario pero antes me dejó abrazarlo. El cuerpo me pedía colgarlo de una percha en mitad del salón, como cuando retiran la camiseta de un jugador de la NBA. Para aplacar mi fetichismo me dejó elegir otro, y le metí mano a las telas como un niño al cajón de los juguetes.

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Beso

A los 13 años, en la marquesina de autobús de la Caixa Galicia que quizá todavía esté a la entrada del camino a la ermita de San Benito de Cova do Lobo, le pregunté a Eva (nombre real) si podía besarla. Mis hermanas mayores todavía se cachondean de aquella relación porque tanto Eva como yo no veíamos nada. Necesitábamos unas gafas con cristales gordísimos, que por coquetería decidíamos no llevar, y se burlaban con que no sabíamos cómo salir de la marquesina.

La respuesta de Eva fue peor que una cobra. “Los besos no se piden, se dan”, me informó. Demasiado complejo para el epicentro del riego sanguíneo de un adolescente. Conseguir un beso iba a ser más sencillo que entenderlo. Pregunté otra vez. Y así hasta que en algún momento supongo que me besó ella. Fue mi primer beso y me lo dieron por aburrimiento. Días más tarde debió ponerse las gafas porque salió de la marquesina para no volver jamás.

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¿Por qué ya no me amas?

Hace muchos años que dejé de gustarle a los mosquitos. No sé cuándo sucedió, pero supongo que, como todas las veces que he creído estar enamorado, fui el último en enterarme de que todo había terminado. Un poco como el personaje de Matt Damon en ‘Infiltrados’, cuando le pide a su chica que cuando todo se acabe, que por favor corte ella, que él es irlandés (aunque también vale para un gallego), y puede vivir con algo que va mal toda la vida.

Es verdad que no me pasa con todos los insectos. La semana pasada misma, entré desnudo en el baño de mi mujer a buscar una toalla, y al sacarla del altillo, una cucaracha marrón, de esas que vuelan, y del tamaño de una tarjeta de crédito, se me posó en un pezónLur salió chillando del baño, para lo que tuvo que empujarme contra la taza del váter, y cerró la puerta a su espalda como Sigourney Weaver aislando compartimentos del Nostromo en Alien. Desde el otro lado me gritó con un odio que al recordarlo todavía me tiemblan los dedos sobre el teclado: “¡Y no salgas de ahí hasta que la mates!”. Que sonó entre abuela mafiosa encargando asesinatos a hijos y nietos; y una esposa cuyo marido le da por invitar a casa a cucarachas borrachas.

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