Pocas cosas más tiernas que los besos de abuela, especialmente si son muy desagradables. De esos que escarban en las mejillas con los labios como para enterrar un tesoro o redactar una novela. No son besos, son un legado, una forma como otra cualquier de intentar pasar a la eternidad, la transmisión de un gen por vía tópica.
Yo temblaba cuando la abuela Amparo aparecía con sus amigas rumbo a mi cara. Llegaban precedidas de perfumes narcóticos, que te dejaba tan aturdido que podrías perfectamente ser sacrificado conforme a la ley islámica, y vendido en una carnicería halal. Te agarraban la cara con las dos manos, grabando huellas del oro y piedras preciosas, y después las usaban como parapeto del maquillaje, para besarte sin tocarte la cara; de forma que los besos se reducían a su manifestación onomatopéyica, que entraba en los oídos como metralla. Cualquier error en la ejecución se pagaba con pañuelo de tela con saliva.

Bésame, tonta

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