El tipo de la gorra se sentó en una silla, puso los pies en alto, y apoyó la cabeza en el cuenco que formó con sus manos entrelazadas. Se quedó mirando s’Illa des Bosc (la isla del bosque), que parece un trasatlántico verde y pentagonal, surcando tonalidades de azul al oeste de Ibiza. El tipo entrecerraba los ojos, respiraba y sonreía. E inmediatamente avisé a Lur, por si Leonardo DiCaprio estaba en su lista. Esa en la que debería permitir una infidelidad, como con Orlando Bloom, o el chico rumano que vino a pintar la habitación de Iago. DiCaprio miraba la isla, y yo miraba a DiCaprio, envidiando su felicidad. El cabrón no solo era DiCaprio. También era más dichoso ante un escenario que yo veía todos los días.

Sentí lo mismo que un adolescente al que conocí en el Gran Bazar de Estambul. Yo iba por ahí oliendo esencias, y pensando en Daniel Craig y Liam Neeson matando gente en thrillers ambientados en este laberinto. Mientras Lur tocaba con las yemas de los dedos todos, pero absolutamente todos, los pañuelos del Gran Bazar, y así habría seguido hasta Islamabad, buscando, ya no diría chachemir auténtico, sino probablemente el extraído de una única cabra de la región de Ladakh, que atendía al nombre de Noelia.

La isla del bosque, en EL MUNDO

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