Durante la mayor parte de mi vida he sobrevivido con lo que podía meter en una maleta. Algo que resulta muy útil si viajas mucho, o tienes que cambiar constantemente de vivienda o, como ahora, tu mujer rellena todos los armarios.

Cuando llegué a Ibiza estaba convencido de que sería para unas horas, y así se lo dije a mis compañeros de trabajo, que no me cogieran mucho cariño; cosa que siguen cumpliendo desde que las horas se convirtieron en días, y luego en meses, y después en lustros. Me resistía a alquilar una vivienda todo el año para ahorrarme un dineral, y cogía mis vacaciones en julio, confiando en que alguien se apiadara de mi alma en agosto, y me dejara una habitación o, directamente, coordinara sus vacaciones con las mías para no verme, y evitar encariñarse.

La rusa no se desnuda, en EL MUNDO

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