“Lo vas a destrozar, dijo Rosa. Yo no, dijo Amalfitano, la naturaleza”.

Llevo unos cuantos años dedicándome a olvidarlo todo. Y me refiero a un montón de cosas inútiles, que suelen ser siempre las más interesantes. Una vez dispuse de un cerebro adolescente que podía hablar durante varios folios de Esparta y del Manierismo, de lo que ahora apenas me atrevería a llenar un par de tweets. Tampoco podría superar un examen de Ciencias Naturales de séptimo de EGB porque no recuerdo a cuántos milibares corresponde una atmósfera, ni cuáles eran las partes de una neurona, o quiénes eran los artrópodos. Ni uno de Sociedad porque ya no me sé los afluentes del Guadiana, ni quiénes se dedicaban a la pintura campaniforme. Y mucho menos uno de Matemáticas, porque en mi mente ya no se cruzan los trenes en ningún punto y a ninguna velocidad, ni sabría resolver cuántas diagonales tiene un polígono convexo de diez lados.

Por qué he olvidado casi todo lo que aprendí en mi infancia y juventud, en GQ

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