Hace un año por estas fechas todavía no había puesto el árbol de Navidad. Mi mujer esperaba embarazada en el sofá a que me animara a hacerlo pero yo me resistía como si pudiera retrasar la Navidad, y muy especialmente el parto. No me interesaba poner ese árbol, sino otro, uno que me había encontrado el año anterior en las islas Phi Phi, y que se me apareció saliendo del mar como podía haber aparecido un oso polar. Aquella tripa me alejaba del sureste asiático y de la felicidad, y me acercaba sin saberlo a la Navidad.
Nunca he podido despreciarla como solo saben aquellos que pueden permitirse el lujo de tener cerca a sus seres queridos. He pasado más navidades lejos de casa que en casa, y no precisamente “por inquietud” y “amplitud de miras” que diría el ministro Dastis. Y debía ser meritorio porque en una de estas salí en Canal Nou abriendo centollos siguiendo las instrucciones de mi madre por Skype. Entonces la navidad era silencio en mi memoria de ruidos, y solo recordaba, quizá por envidia, al perro palleiro para el que robaba turrón porque pobre, para él también era Navidad.

Un árbol en Phi Phi, en EL MUNDO

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