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ANTES DE DEJAR Londres, Lur enterró a Tintín en el azucarero. Se reía en el tren a Standsted pensando en lo que tardaría Eduardo en echar de menos el muñequito, y en la cantidad de cafés que tendría que tomarse antes de golpearle la cabeza con una cucharilla.

A Eduardo le incordié durante años con que Tintín era un icono gay, como Star Trek o Raffaela Carrà, pero al hombre le daba lo mismo, y no dudó en plantarlo en el segundo párrafo de un reportaje sobre el Exxon Valdez. Un jurado en Medellín acaba de pasar por alto el asunto, otorgándole el Premio García Márquez de Periodismo, con el que ahora le veo en las noticias como si cargara con una chocolatina gigante.

Tintín en Alaska, en EL MUNDO

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