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COMETÍ la imprudencia de creer que la guerra civil no podía empezar en la charcutería. Observaba hace tiempo, que para defender mejor la posición en los córner, Ancelotti debía sacar a los centrales del Madrid de Valdebebas, y mandarles a comprar mortadela en mostradores sin turnos numerados. Pero esta vez la cosa fue peor. Una señora gritó: «Me pone un fuet que no sea catalán». Y uno, que es periodista, no se resiste: «¿Hace usted boicot a los productos catalanes?». «Nooo», me contestó ofendida, y comenzó a señalar con tres dedos a la charcutera dimensiones y densidades que deberían registrarse junto al metro de platino iridiado del Museo de Pesas y Medidas de París. Después concluyó, «que se lo coman ellos».

No me resistí a contar la experiencia en el Facebook, donde la mujer fue vitoreada e insultada con gravedad en segundos. Alguien incluso se quejó de que su voto valiera lo mismo que el suyo, que en caso de referéndum catalán valdrían lo mismo. Nada. Algunos de mis amigos que se habían manifestado en favor del derecho de una región a decidir su modelo de estado, se mostraron visceralmente en contra del derecho de un ama de casa a elegir libremente un modelo de longaniza, alegando falta de motivación en sus argumentos.

‘Que se lo coman ellos’, en EL MUNDO

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