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MI RELACIÓN sexual más violenta fue a los 14 años, y la chica ni siquiera estaba de cuerpo presente. Después de lo ocurrido en el Manzanares, sonará fatal lo que voy a decir, pero una vez quedé para pegarme, solo porque fue la única forma que se me ocurrió de evitar la violencia. Me explico. A la chica la habían castigado a pasar las vacaciones en su pueblo de Ourense, que además resultó ser el mío. Aquello en invierno parece la ciénagas de Dagobah, donde Yoda enseñó a Luke Skywalker a ser un maestro Jedi. La niña se aburría y fumaba. Un día me dijo, «¿te gustan Los Suaves?», y me dio un beso de nicotina con el que nubló sus versos: «Hoy el cielo es de cemento / parece que Dios está muerto / golpean la puerta de casa /mensajeros de desgracia». Tardé una semana en descubrir que tenía novio, un novio de esos con pandilla y antecedentes penales. En cuanto lo supe le dije que se volviera con él, pero que podía llamarme cuando quisiera. Quien me llamó fue el novio.

Durante una semana vino a recogerme a clase cada día con su banda, pero no fue capaz de encontrarme. La segunda semana los curas, alarmados por la pintas de aquel grupo que merodeaba por el patio, decidieron llamar a la Policía. La tercera un tipo llamado Martín me delató. Mi mujer me dijo una vez que si teníamos un hijo le gustaría que se llamara Martín. Pero va a ser que no.

Una historia de violencia, en EL MUNDO

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