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HE PUESTO a prueba mis posibilidades de supervivencia en el sureste asiático. Incluyo en la experiencia vuelos regionales en compañías de bajo coste, publicitados por azafatas a las que dibujan con varitas mágicas y rodeadas de aviones sonrientes. Alcanzo islas diminutas en las que invento algún plan sobre la arena para huir de un tsunami, y luego cambio de isla. Ayer una mujer tailandesa me recomendó que en lugar de visitar la playa de los monos me fuera a nadar al arrecife de los tiburones, porque los monos podrían morderme.

El mayor riesgo ha estado sin embargo en el tramo de Bangkok, acompañado, entre otros, de los escritores Luis Racionero y Jorge Montojo, cuando permitimos a la barman del Bamboo Bar del Mandarin Oriental dejarnos a un palmo de hacer un Carradine en una suite al este del Chao Phraya. El bar, como muchos otros, forma parte de la historia de la literatura por los escritores que lo han frecuentado, como Joseph Conrad, al que me encomendé con unos cuantos Mai Tai a sabiendas de que a la mañana siguiente debería remontar el río Kwai.

La montaña que habla, en EL MUNDO

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