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CONOCÍ A mi abuelo Santi cuando llevaba unos veinticinco años muerto, una circunstancia que dificultó considerablemente nuestra relación. Había que desenterrarlo y acompañarlo del cementerio de San Francisco al de Santa Mariña do Monte, para lo que el Ayuntamiento de Orense me había facilitado una urna de cobre. Desde aquello, no tengo un mal concepto de sacar a los abuelos de las cunetas, pero tengo uno horrible de sacarlos de los cementerios. Ciertos protocolos se revelan en ocasiones tan capaces de devolverle la dignidad a una víctima como de quitársela.

Al abuelo Santi lo mataron por error el día de los Santos Inocentes de 1975, tras una brevísima batalla contra una inyección de Sincrobín, cuando el practicante lo que intentaba realmente era que no muriera asfixiado por el asma. Le hizo salir de su tumba un decreto, y la memoria histórica de un ayuntamiento que se acordó de un solar de puta madre. Luego ya vino una guerra civil.

La guerra de Santi, en EL MUNDO

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