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ROCCO SIFFREDI es un tipo sensible. En su última visita a Ibiza, le prometió a su mujer que no mantendría relaciones sexuales durante su actuación en la discoteca Privilege, en la que se encerraba en un ring de boxeo con seis actrices porno. Le dijo de hecho que ni siquiera se quitaría los pantalones, que se limitaría a vaciarles botellas de champagne y a comerse una tarta de merengue que les esparciría por la piel como si fueran tostadas.

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Unas horasantes me había encerrado con él en la habitación de su hotel. Le pedí que me contara lo que le diera la gana. Primero habló de un suceso de rodaje con el que todavía tengo pesadillas; luego habló de la crisis económica en el sur del Mediterráneo, y de Berlusconi; y finalmente se puso a hablar de literatura. De una obra que en ese momento yo no conocía, que estaba en su mesita de noche y que le tenía ensimismado. «El top de la literatura femenina», dijo, en la que había visto resumido el mensaje que a él le estaba costando explicar con 1.300 películas porno.

Rocco Siffredi enamorado de Grey, en EL MUNDO

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