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AL PRINCIPIO fue duro reconocer que el terrorismo, en su versión aérea, no tiene el monopolio de la locura. Entonces anotamos otro nombre en el libro de las pesadillas: Lubitz, que como Breivik o Fritz, nacieron para elaborar sinfonías o insecticidas, pero se dedicaron a tirotear adolescentes en islas y a violar niñas en sótanos.

Señalamos el horror pero ya no nos llegan los dedos, porque el horror del mundo moderno podría habitar naciones enteras. En su interpretación más violenta, la mente más poderosa del universo nos recuerda otra vez que no tiene suficiente poder para comprenderse a sí misma. Lubitz hacía running. Lubitz rompió una baja laboral. A Lubitz le dejó su novia. Lubitz tenía depresión. Quizá Lubitz tomó algo antes del vuelo. Lubitz escuchó a David Guetta, como Eric y Dylan escucharon a Marilyn Manson antes de la masacre de Columbine, y aunque muchos culparon al cantante, cuesta avanzar a lomos de un DJ hasta los desfiladeros de nata derretida de los Alpes.

El monopolio de la locura, en EL MUNDO

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