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PERSIGUIENDO hace algunos años a un político del Partido Popular para hacer uno de esos reportajes de veinticuatro horas con un candidato, acabé haciéndole en un momento de intimidad una confesión, que tuvo como reacción otra suya de mayor envergadura: «Me gustan los vírgenes».

Solo le reconocí que nunca había votado, y que además no pensaba hacerlo, devolviéndome un discurso que me hizo sentir el señor Cayo a punto de defenderse con el «pero yo no soy pobre», y que se transformó en la promesa de que quizá algún día subastaría mi virginidad electoral en internet.

“Me gustan los vírgenes”, en EL MUNDO

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