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EL PARTIDO se suspendía con frecuencia por niebla. El árbitro se plantaba en el centro del campo y si no podía ver una de las porterías se marchaba. A Chaira amanecía con una capa de hielo que parecía subir por el chándal como una enredadera. Entonces nos apretábamos en el banquillo a pelearnos por los sorbos de una lata de Coca-Cola, o nos enterábamos de cosas, como el día que José Antonio huyó de casa con su madre por una ventana para evitar otra paliza de su padre. O que El Cipri, un gitano que ya no iba al colegio y que oficialmente trabajaba en la chatarra, había jugado el último año de cadetes con un cordón del que pendía una bolsita de cuero con cocaína.

En el mejor equipo del mundo Kike dejó de jugar a los 15 años porque había dejado embarazada a una de 18. Un día que jugamos contra el Covadonga de Ourense, una de las cinco capitales gallegas de la marginación, pasé cerca de un defensa que se lesionó de gravedad, y me convertí en el primer jugador de la historia en ser sustituido por recomendación de la Guardia Civil. Pero ese no fue el peor día, sino cuando Billy, que con 14 años pesaba 90 kilos, me dio un cabezazo en Paderne, un barrizal donde las porterías parecían descolgarse por una montaña como nata por un flan. Antes de ingresar en urgencias escuché decir que se me veía el hueso de la ceja. Cuando salí con 13 puntos de sutura y vestido de futbolista traían a Billy porque se había puesto a vomitar en la ducha. Lo último que recuerdo antes de irme a vivir a Pamplona fue que El Negro se mató en un accidente de moto, que Óscar me pegó la varicela y que Coco se quitó una bota y golpeó a un árbitro en la cabeza. Mi madre me dijo que ahora repara electrodomésticos.

El mejor equipo del mundo, en EL MUNDO

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