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EL ALZHEIMER era una montaña de plástico que cubría la mesa. Bolsas que se amontonaban junto a la abuela Celia, que ella doblaba y planchaba al ritmo de una cadena de montaje, hasta reducirlas a un triángulo enano. Apenas conocí a la madre de mi madre, a pesar de los años que compartimos juntos. Siempre enferma, con la cabeza muy lejos del adolescente que hacía los deberes a su lado, y cuya única obligación era deshacer los triángulos, y colocarlos de nuevo en su montaña infinita.
Durante años fue los ojos de mi abuelo, cuando ni siquiera sabía lo que veía. Caminaban cogidos de la mano y de su bastón, como un insecto de seis patas que se yergue sobre sus ruinas.

No sé quién eres en EL MUNDO

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