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El falo de oro era una lamparita del tamaño de un Óscar, con cuerpo naranja, y acabada en un capuchón azul fluorescente. Fue un regalo de boda a la hermana de Carlos, tan horrible que acabó en nuestro piso de estudiantes de Pamplona, convirtiéndose en premio semanal a mano alzada al más maricón del piso. Casi siempre se lo llevaba el mismo: Xabi, un chaval de Donosti, y por un único motivo, porque le jodía. También porque estaba en minoría en nuestro piso de las autonomías. A veces fingíamos votaciones reñidísimas solo para descojonarnos y darle la esperanza de que, por una semana, no iba a ser él.

Aunque todos arrastrábamos nuestra cruz autonómica, la vasca era con diferencia la más agotadora. El hecho diferencial de Xabi le obligaba a poner en juego permanentemente su vascosidad, hasta conformar un estatuto en el que todos los artículos comenzaban con un “no hay huevos de…”. Aquello le llevó a comerse un San Jacobo del congelador. A veces nos arrastraba ante la necesidad de demostrarle que incluso nosotros, que ni siquiera habíamos nacido en Euskadi, éramos más vascos que él. Así llegamos a Donosti un martes de noviembre a las cuatro de la mañana, y en víspera de un examen, porque alguien dijo que no había huevos de bañarse en la Concha. A la mañana siguiente la chica con la que tonteaba me metió la mano en el bolsillo del pantalón y sacó un puñado de arena a 82 kilómetros de la playa más próxima, convirtiéndose en la primera de muchas veces en mi vida que dije puedo explicarlo, y no podía.

El falo de oro en EL MUNDO

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