El día de mi boda en una playa de Ibiza, el juez, además de casarme, hizo de locomotora de la conga. Un par de años antes, mucho más borrachos, rematamos de madrugada junto al ficus del Parterre. Era mi primera visita a Valencia para conocer a mi familia política, y acabé dando vueltas alrededor de un tronco de once metros de diámetro, escalando por raíces de cuento con la copa de plástico en la mano, hasta que me di de bruces contra un surtidor de gasolina. Por mi cara no hizo falta preguntarle a su señoría cómo había brotado una gasolinera junto al ejemplar más antiguo de Europa. Me contestó palpándose con las dos manos una inflamación invisible en la entrepierna: “Así los tenemos en Valencia”.
El resto de mi matrimonio, la mayor parte de respuestas que obtuve en la ciudad del Turia también fueron una inflamación invisible en la entrepierna. La práctica que ejercía su señoría, ya fuera con un ficus o con un caso de corrupción, resolvía casi todas las cuestiones.

‘Así los tenemos en Valencia’, en EL MUNDO

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