Mi primer condón me lo regaló mi hermana mayor. Entró de repente en mi habitación de adolescente, de esas en las que parece que acaba de producirse una explosión y al superviviente aún le silban los oídos, y me lanzó desde la puerta lo que parecía la sorpresa de un huevo Kinder. «Para cuando te hagan falta», me dijo. Le di las gracias y lo arrojé sobre la cama, porque en ese momento no me hacía falta la sorpresa de un huevo Kinder.
Tardé varias semanas en abrirlo, y no porque necesitara urgentemente ensamblar un mini hipopótamo que se columpia. Lo destapé parcialmente, hasta que comenzaron a desperezarse tres formas plastificadas de color rojo, otra azul y otra verde, que volví a cerrar de inmediato. ¿Para qué me iban a hacer falta unos chuches?

De repente un condón en EL MUNDO

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