EL BREXIT me ha pillado rodeado de ingleses, en una de esas zonas de la isla de Ibiza que uno solo puede visitar desde el extranjero. La construcción de guetos en nuestro territorio confirma su necesidad de una política migratoria distinta a la de la Unión Europea. Los ingleses solo quieren vivir en el Reino Unido al margen del país en el que se encuentren.
El patrón se repite en Magaluf, Lloret de Mar, o la isla de Phi Phi, donde construyen su nación con judías estofadas, banderas de clanes, tirando pintas ale y con un televisor en el que repita en bucle un Fulham-Norwich. No se molestan en aprender el idioma, ni les interesa la comida, ni la muralla renacentista. Vacían los escenarios hasta convertirlos en los «no lugares» de Marc Augé: espacios sin pasado, como los baños de una gasolinera o un vagón de tren. Cualquier contacto con los aborígenes se asemeja a un descenso al inframundo. Persiguen el sol hasta nosotros pero como si siguieran la estela de un elemento del universo que también les pertenece.

El nacimiento de una nación en EL MUNDO

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