Para Cruyff todo era muy fácil. Él no tenía que volver el lunes al cole para justificarse ante niños de once años. Éramos nosotros los que, a finales de los ochenta, dábamos la cara después de los clásicos, y aguantábamos las bromas de los de sexto, y sufríamos el apartheid de las cinco ligas. Incluso perdimos la virginidad más tarde por la pérdida de confianza que nos supuso ver a Laudrup irse al Madrid. Y todo por haber nacido con el estigma del Barça, del Barça pre-Dream Team, que arrastrábamos por el patio como las abrazaderas ortopédicas que llevaba en las piernas Forrest Gump.
Cruyff solo se sentaba en la sala de prensa y despistaba con cosas como “si tú tienes el balón, el rival no lo tiene”, o que “en el mundo de los ciegos el tuerto es el rey, pero sigue siendo tuerto”, o que “si yo hubiera querido que me entendieras, me habría explicado mucho mejor”. Cosas que servían para la prensa, pero que si te atrevías a argumentar con once años en la Galicia de Fraga, te arriesgabas a una lluvia de collejas. Además no te podías chivar a los curas porque igual esa semana el holandés había soltado aquello de que “en España los veintidós jugadores se santiguan antes de salir al campo. Si Dios existiera, siempre habría empate”.

Volver al cole tras el Barça-Madrid de Romerito en GQ

Anuncios