Tengo un montón de pasta esparcida por el suelo de mi salón. Alguno creerá que es divertido ver a un bebé de ocho meses rebozarse por un suelo de goma, babeando cada una de las piezas desmontables y usando su cuerpo como una apisonadora de juguetes. Pero cuando te has dejado parte de tu sueldo en esos juguetes, la apisonadora deja de ser tu hijo y se convierte en Heath Ledger interpretando al Joker en ‘El caballero oscuro’, justo en el momento en el que se monta una hoguera con una montaña de dinero, mientras se chupa el labio inferior como un demente.

Una vez que se ha terminado la Navidad puedes dejar de hacer el imbécil y guardar todos los juguetes en un cajón, o tirarlos, salvo que tengas la suerte de conservar la caja y el ticket. Habías oído que podía ocurrir. Obviaste las señales cuando entrabas en la juguetería, y se dormía en el carro, o miraba todas aquellas cajas de colores con el mismo interés que los cortafríos de la ferretería o las perchas de cualquier tienda. Te creíste de verdad que le podía interesar la Cabalgata, atravesaste una muchedumbre, encontraste un lugar privilegiado junto a la valla para coger caramelos. Y levantaste ocho kilos y medio un metro sobre tu cabeza. Y permaneciste en esa posición durante una hora para descubrir que Melchor tenía menos interés que el alumbrado navideño que pendía sobre su cabeza, y que existían tantas carrozas como vértebras en la región cervical, de la C1 a la C7.

Ahora que se ha acabado la Navidad, podéis tirar todos los juguetes en GQ

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