He descubierto que tengo una memoria histórica proclive a la dictadura. Y es curioso porque nunca he vivido en una, salvo que cuente haberme criado entre las calles General Franco de Ourense y Primo de Rivera de Sanxenxo. Mis padres y mis abuelos, que sí vivieron una dictadura, nunca vivieron en General Franco, sino en la calle Progreso, que era como se llamaba antes y se llama ahora, de forma que por un malabarismo de la Transición el nombre de General Franco solo había calado en la memoria de los que nacimos en democracia.

Cuando era pequeño me perdía con frecuencia, por eso mis padres se esmeraron en introducir entre mis primeras palabras una dirección que parecía un nombre, un rango, un ejército y un batallón, que yo repetía con una firmeza a la que solo le faltaba el saludo fascista. El General Franco, a mis cuatro años, no era un dictador. El General Franco era yo. Y más tarde dos palabras en las que no cabía un dictador, sino un puente encharcado sobre aguas termales que me enterraban en vapor de agua camino del cole, como si atravesara el cráter de un volcán o el templo maldito.

En General Franco en EL MUNDO

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