Cuando se supo que Felipe VI entraría en el Thyssen a la hora de la sentencia del caso Nóos volvió a hacerse evidente la existencia de dos Españas irreconciliables en torno al papel de la monarquía. Más o menos la mitad, dudaban que volviera a salir.

Lo imagino resignado ante el Noli de tangere, el No me toques de Alonso Cano, en el que Jesús coloca su mano sobre la frente de Magdalena, y según la leyenda le deja los dedos marcados para siempre. Y entonces, sin apenas tiempo para palparse la huella, viene un bedel que te suelta, «majestad, su cuñado», y envidias a todos aquellos que, ante esa palabra, piensan en un móvil chino, en un Seat León a la velocidad del Concorde, y en un tipo que te golpea varias veces el hombro para notificar que «el capítulo de la mosca es de los mejores de Breaking Bad«.

«Majestad, su cuñado», en EL MUNDO