La primera vez que hablé con Jose fue por teléfono y estaba abatido. Se había pasado varias horas con sus compañeros rastreando una carretera. Un coche había arrollado a un ciclista a tanta velocidad que el impacto lo desarmó como si fuera un Playmobil, y les faltaba una pierna. Poco antes de anochecer la descubrieron enredada en unos cables de la luz varios metros sobre sus cabezas.

Cuando Jose no está haciendo de bombero cría a sus cuatro hijas o formamos pareja de pádel. Yo le hago preguntas todo el rato, pero no por vocación. Un periodista pregunta por el desasosiego que le provoca la compañía de alguien que se dedica a algo útil.

‘Un pene para gobernarlos a todos’ en EL MUNDO

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