A mi vecina, la que está buena, la conocí una mañana en el portal. Yo iba o venía de correr y ella iba o venía de estar buena. Enseguida me di cuenta de que me sacaba algunos años por lo que el hecho de que me gustara me reconcilió con el paso del tiempo. Se quedó allí a mirarme mientras estiraba, y me contó que acababa de mudarse con sus dos hijos adolescentes, y que le apetecería volver salir a correr con alguien. Algunas partes de mi cuerpo reaccionaron enseguida, pero conservarlas me mantuvo en silencio. Poco después me vio con mi mujer y ahora, si me pilla estirando en el portal, hace por no saludarme.

La relación con mis vecinos se reduce a los minutos que paso estirado en el portal. Como casi siempre voy a la misma hora los personajes y los diálogos se repiten. Saltarse el guion, entre vecinos, nunca es buena idea. El año pasado, al mecánico ecuatoriano que sacaba a pasear dos perros diminutos le pregunté por el terremoto de su país y se echó a llorar. Hace poco le vi sacar solo un perro, le pregunté por el otro, y se echó a llorar. Los mecánicos lloran muchísimo.

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