A los doce años me encantaba Don Constantino. Era un cura muy mayor, franquista, hasta el punto que se podía ser franquista en 1989, y que nos daba clase de Ciencias Sociales como un mal menor. En el cambio de clase, en lugar de aporrear las mesas con el ‘We will rock you’ de Queen nos aprendimos no sé cómo el ‘Cara al Sol’, y lo cantábamos como en un entierro con Gallardón. Cuando entraba Don Constantino se tapaba la sonrisa con el índice y movía los brazos como tratando de volar para que bajáramos la voz, o para indicarnos que micrófonos ocultos podían dar al traste con su golpe de Estado.

Don Constantino nos encantaba porque estaba loco. Lo suyo no era nostalgia del franquismo, era cuestión de tiempo. Vestía de cura, pero de una religión inventada, solo al alcance de los monaguillos que en misa le escuchábamos rumiar un evangelio paralelo. A su paso por el patio le hacíamos el saludo fascista como si jugáramos a las dictaduras. Solía llevar los bolsillos llenos de objetos confiscados a los alumnos, sobre todo pelos de sierra, que devolvía de forma aleatoria como si nos declarara su amor con un tallo, o nos invistiera carpinteros, al fin y al cabo como Jesús.

Franco y magia negra en EL MUNDO

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