Estaba sentado en un bar en Santiago de Compostela. Era tardísimo. David Beckham tenía 23 años y un día horrible en la tele. “Lo peor es que lo recuerdo todo”, confesó veinte años después a una revista. Yo habría dicho lo mismo. Mientras le expulsaban, e Inglaterra caía eliminada del Mundial del 98 pedí la carta de bocadillos, y el camarero me respondió que de qué lo quería, confiado en que su despensa superaba a mi talento.

También hice varias llamadas. En la primera informé de que no estaba en La Coruña. Había estado, dos horas antes, e incluso había conocido a mis nuevos compañeros de piso y cómo llegar a la redacción de un periódico, pero les acababa de abandonar para irme a Santiago, porque a última hora de la tarde me habían dado las prácticas los de la filial de EL MUNDO, y éstos pagaban a los becarios. En la segunda me enteré de que había suspendido Radio. En la tercera pedí a un amigo que fuera a la revisión del examen. En la cuarta hablé con una futura compañera a la que solo conocía por la voz, por si podía pasar la noche en su sofá. Cuando colgué creí haber comprendido aquello de que “el periodismo no es una profesión sino una forma de vida”. Pero en realidad lo descubrí la noche siguiente, cuando ya no tuve que dormir en el sofá. También que un hombre puede elegir el periódico que lee, pero casi nunca en el que escribe, y mucho menos a su novia.

La 3.144 en EL MUNDO

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