Hace ya veintidós años que mi madre me repite lo mismo, “está como lo dejaste”. Por eso cuando entro en mi habitación solo me falta romper un precinto policial antes de ponerme a buscar a un niño que se ha fugado, o que está perdido.

A veces, aunque hayan pasado tres años, como es el caso, solo hace falta manosear un poco la medalla de carrera de sacos que cuelga de una punta, o abrir el armario tapizado con pegatinas de Los Snorkels y de la selección de fútbol de la CCCP en la Eurocopa de 1988; o tirarme en la cama a leer sobre los apóstoles en la libreta de religión, “Juan tenía un vestido de pelo de camello y un cinturón de cuero y se alimentaba de langostas y piel silvestre”, para darme cuenta de que es imposible que ese crío se haya ido por voluntad propia.

El semáforo que quería ser árbol en EL MUNDO

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