Hace como medio siglo mi padre se encontró a un amigo médico junto al edificio de una sucursal bancaria. Ambos se dirigían a sus respectivos puestos de trabajo y por unos segundos se intercambiaron los papeles, porque fue el médico quien informó a mi padre, que es asesor fiscal, que esa mañana no se encontraba muy bien.

Mi padre es de esos que aún cree que la leche fría es buena para el ardor de estómago, y el chocolate para la diarrea, que se pone uvas pasas en los orzuelos y dos veces al día le da de beber a su nieto cucharaditas de orujo. Pero por suerte no pudo poner en marcha sus consejos porque el amigo se fue escurriendo por la pared de la sucursal y se murió. La historia es triste no solo porque al final se muere, sino porque nadie debería abandonar este mundo viendo a un asesor fiscal.

La bañera en EL MUNDO

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