ESTA SEMANA he tenido una aproximación a la experiencia de ser padre. Las primas alemana y española, Nina y Sara, de 9 y 8 años, se han juntado en casa del tío Richi (nunca dos mujeres lo habían pronunciado de forma más humillante). Y lo más importante. Ya se han ido. Lo sé porque ya no escucho Disney Channel en mi cabeza, y mi mujer y yo hemos dejado de encontrarnos en un bidé para respirar.

Tras su paso han dejado un poco de mi dignidad para escribir estas líneas, alimentos absurdos en la nevera, huellas de pies a una altura incoherente, ropa de ratona en lugares de la casa que todavía desconocía, y una acuarela en la que vuelo vestido de Superman con un martillo en la mano para reparar un kayak. Aún espero la multa de Demarcación de Costas en cuanto se pongan a buscar la arena que les falta de Platja d’en Bossa.

Tres bocatas de jamón, en EL MUNDO

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