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CINCO MINUTOS al día, parte de la generación mejor preparada de la historia de la democracia, desatendía en un sofá de un piso de estudiantes de Pamplona su cita con el destino, atraída por la posibilidad de vislumbrar un imposible: las bragas de Silvia Jato.

Empijamados, y con los dedos teñidos de fosforescente, los ojos se apartaban de los apuntes a las 20.29 y algunos segundos, cuando la minifalda de la Jato descendía de un taburete para fingir una conversación con Carlos García-Hirschfeld. Aunque sabíamos que nuestros anhelos jamás verían la luz en Impacto Tv. Antena 3 también lo sabía. Y Silvia Jato. Y Carlos García-Hirschfeld. Cada maldito día, sobre las letras de los títulos de crédito, la minifalda se escurría en un primer plano de rodillas prietas, y cinco estudiantes celebrábamos como un balón al poste la posibilidad de un oasis fugaz que cambiara por segundos el color entre sus piernas, la gran evasión de un rayo de sol tras un cielo de cemento. Si, amigos, aquel sofá no podía ser más deprimente.

Las bragas de la Jato, en EL MUNDO

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