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LA MAÑANA siguiente de las elecciones europeas me marché de enviado especial a una tienda de ropa. Podemos había iniciado la regeneración democrática doblando camisetas, y tuve la suerte de que su dependienta más atractiva me relatara los hechos. Dijo que un día había puesto la tele y vio a Pablo Iglesias, que entonces envió un vídeo a Madrid, y que al rato estaba en el número 14 de la lista al Parlamento Europeo. Tardé tres o cuatro preguntas más en darme cuenta de que no se enteraba de nada. Y lo que es peor, me moría de ganas de votarla.

Sentí que nos unía que ella había aprendido política por la tele, y yo los colores con Elmo, por lo que la seguí cuando a los pocos meses Gloria se fue a una emisora local a explicarlo. La pusieron delante de un representante del PP, de otro del PSOE, y de otro de Esquerra Republicana, cuyo designio era publicar tantos libros sobre la anexión de Ibiza a Cataluña hasta que pudiera caminar sobre ellos hasta el Maremagnum. Les echó una buena bronca por la financiación irregular, los desahucios, los bancos y la sumisión a las empresas del IBEX. Cuando acabó, el bipartidismo se puso a discutir sobre la salinidad del agua del grifo, un aparcamiento subterráneo y sobre el asfaltado de caminos rurales. Podemos había entrado de lleno en las municipales. Ya solo faltaba que las municipales entraran en Podemos.

La Gloria de Podemos, en EL MUNDO