Tener un hijo implicó encerrarme en un baño sin su madre, con una mano entre las piernas y la otra buscando porno en el móvil, mientras ella se espatarraba en algún quirófano tres plantas más arriba rodeada de hombres que no la amaban.
Supongo que eso significa que mi hijo no será fruto del amor, salvo que cuente el que sentí por la bióloga veinteañera que obró el milagro, tan bonita que no sabía si adoptarla o proponerle un trío para recuperar la parte lúdica de la fecundación, y ahorrarnos las probetas. La madre debió pensar lo mismo porque cuando la ginecóloga dijo que era niño y estaba muy bien dotado, pasé en un segundo del orgullo viril a ser consciente de que era imposible que fuera hijo mío.

Iago, en EL MUNDO

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