Pese al índice de pluviosidad, escribió Manuel Rivas, Galicia no es un valle de lágrimas ni la reserva reumática de occidente, ni un lugar en el que te abre la puerta una mujer con el pelo de Margaret Thatcher. De ahí que los gallegos tampoco nos sintiéramos demasiado impresionados cuando se nos advirtió que las elecciones autonómicas se iban a interpretar en clave nacional. Más bien la reacción fue la misma a la que tiene la señora de la limpieza de un poema, también de Rivas, ante la imagen del Empire State que le devolvía un televisor: “¡Pobre de la que tenga que fregar todo eso!”.

Apenas hizo falta conocer el resultado del sondeo para que los analistas políticos se apresuraran a decir que si Mariano Rajoy se dejaba suceder, Núñez Feijóo estaba sucediendo. En Twitter la cosa no se entendía, porque se trata de una red sin perspectiva histórica, y al PP en Galicia hay que entenderlo desde un programa electoral que acostumbra a rivalizar con el Génesis. Su impulsor fue Manuel Fraga, otro delfín de Rajoy en Galicia, que apretó tanto su agenda como presidente de la Xunta que acabó inaugurando una cascada. Fue la de Ézaro, la única de Europa que desemboca en el mar, y la única que durante años tuvo horario, de doce a dos los sábados y los domingos, después de que su flujo se viera interrumpido por un embalse.

Aquello de Robinson Crusoe en EL MUNDO

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