Esta semana fui citado a una reunión en la guardería. Me lo anunció la directora: “A las cuatro de la tarde aquí”, con una contundencia con la que viví una regresión momentánea a tercero de EGB o a tercero de BUP, da lo mismo, porque en doce años no salí de entre los curas y la niebla de un colegio de piedra a orillas del Miño, en el que a veces la niebla no nos dejaba ver a los curas. La regresión fue de tal calidad que casi no veo a la directora.

Salí de allí con el enano en brazos, convencido de que le habían expulsado. A saber lo que habría hecho. Las posibilidades se reducían considerablemente ya que solo tiene seis meses, no habla, no anda, no gatea, no fuma ni consume sólidos. Pero su aspecto le delata. Por alguna razón su madre había traído al mundo a un hooligan. En algunas fotos es más parecido a Wayne Rooney que Wayne Rooney en sus fotos de bebé. Esa calva. Esa cabeza redonda como dibujada con compás. La ausencia de cuello. Esas cejas y pestañas rubias que las hace invisibles. Ese cuerpo diseñado para reventar peleles. Por un momento me convencí de que habían creado algún programa de ordenador, en plan Minority Report, con el que habían calculado hasta los daños venideros en mobiliario urbano. La presencia del alcalde en la reunión no hizo más que confirmar mis sospechas. Casi me echo a llorar antes de recordar que su hija también iba a la misma clase.

Mis marrones tuyos, en EL MUNDO

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