Elmyr de Hory, el mayor falsificador del siglo XX, dijo que si sus cuadros se colgaran el suficiente tiempo en un museo se volverían auténticos. Con la verdad ocurre lo mismo cuando se plantea en el escenario adecuado. España, por ejemplo, tiene una gran capacidad para albergar lo inverosímil. Basta haber pasado las últimas dos semanas desconectado de la actualidad para anular nuestra capacidad para identificar el titular falso: “La vicepresidenta aparca el coche oficial en el carril bus para ir al Primark”, “La ley del Menor obliga a pixelar al Niño Jesús en todos los belenes”, “Bildu escribe a Trump para trasladarle su ‘más sincera enhorabuena'”, “Aguirre mide personalmente la longitud de las aceras de la Gran Vía”.
Ciudadanos ha registrado esta semana una pregunta en el Parlament porque se creyó la noticia falsa de que la Generalitat había reservado una partida para armar el 11 de septiembre una cadena humana de ‘perreo’ con la letra: “Libertad, amnistía y papi chulo cada día”. Ciudadanos se agarró a una posverdad. No discriminó la verdad revelada sobre la verdad sentida, porque se ha acostumbrado a que en Cataluña todo sea verdadero salvo alguna cosa. Hablamos de un país en el que UPyD sacó menos votos en unas municipales que el travesti Carmen de Mairena, cuyo perfil falso en Twitter valoraba para 395.000 seguidores la crisis del PSOE de esta manera: “He pedido la palabra en el Comité Federal para que dejen gobernar a mi conducto vaginal”.

La posverdad ‘perrea’ en EL MUNDO

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