Sé que, como mucha gente, en algún momento tuve trece años, y sé que en algún momento besé a Mari Mar durante un capricho hormonal, en el escenario de mayor carga erótica que fuimos capaces de fabricarnos la adolescencia rural de Galicia, las marquesinas de los autobuses.

Contra todo pronóstico, Fraga y un montón de cajas de ahorros no diseñaron aquellos cajones de chapa para esperar autobuses, cuya frecuencia era similar al expreso pendular del norte de P. Tinto, cada veinticinco años justos. Sino más bien para protegernos de la misma invasión invisible para la que Enver Hoxha construyó 750.000 bunkers durante la dictadura comunista de Albania.

Los huevos de las marquesinas en EL MUNDO

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