Se llamaba Andrea, tenía 22 años, era alta, morena y con una boca enorme. Llevaba un tatuaje en el antebrazo que parecía recordar su estancia en un campo de concentración de muñecas. Y una mirada de esas que le recuerdan a los tipos de mi edad que, en la mayoría de los siglos, ya deberías estar muerto.

Cuando tienes un bebé de diez meses llega un buen día, un día cualquiera, en el que pones la tele con todas tus fuerzas, que también son las últimas, y en mitad de un anuncio en el que un adolescente de diecisiete años finge ser padre de trillizos con los que comparte un cartón de leche enriquecida en probióticos, descubres que ya no tienes ni idea de quién es la mujer que apoya la cabeza sobre tu hombro en el cheslong.

Engañarla con otra en EL MUNDO

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