Uno de los errores más frecuentes a la hora de llevar un bebé al pediatra es llevar al bebé. Todo lo que había que decir sobre pediatras lo resumió Forges en tres viñetas. La de “mi diagnóstico es que tus padres son tontolhabas”, la del ‘padiatra’ al que despierta su mujer con el teléfono en la mano: “Es la señora Plastez, que está preocupada porque el niño está durmiendo tranquilamente”. Y la de “le vamos a quitar las vitaminas y vamos a darle cada seis horas un par de tortas bien dadas, en los morros a ser posible”.

El principio bajo el que se sustenta la despectiva imputación de padre primerizo es que tu hijo permanece con vida bajo tus cuidados, y no tienes ni idea de por qué. A partir de ahí te conviertes en una cara conocida en urgencias. Sabes dónde dejar el coche mal aparcado, conseguir monedas para la máquina de chocolatinas a las cuatro de la mañana, cambiar un pañal en un banco de plástico junto a un abuelo cuya vejiga es una bolsa que tiene en la mano, y cómo acojonar a esa pareja a la que se le acaba de romper un condón. Parece que van a echarse a llorar cuando te ven limpiarte vómito fresco de la camisa con una toallita húmeda. Y entonces, sin dejar de frotar, les miras como Jack Nicholson en los baños del ‘El resplandor’, cuando un camarero le limpia la chaqueta en una alucinación, y parece que está a punto de soltarle: “Tú estás muerto, ¿verdad?”.

Los pediatras te atienden a ti, no a tu hijo, en GQ

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