Pilotaba globos. No es fácil hacerte amigo de un tipo que pilota globos, al menos en una sola vida, pero ahí estaba yo, en pijama en Valladolid, en la cocina de su casa, devolviendo el oso que me habían dejado para dormir, al más pequeño de sus tres hijos. “¿Y tú que quieres ser de mayor?”, le pregunté. “Piloto de globos como papá, o jefe”.

Llegué hasta allí de la mano de una novia, de esas con las que duermes en Santiago, pero que no te vas a meter en casa de su madre, aunque me dijo que tenía un amigo que me podía dejar una cama, y que resultó ser de esos que te podían dejar hasta un oso. Con el tiempo me dejaría muchas más cosas, en su mayoría intangibles, y hasta un mensaje rarísimo, ya que después de tantos años, apenas recuerdo los desayunos con sus hijos, y que nos despedimos en un cementerio.

‘Piloto de globos o jefe’, en EL MUNDO

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