Iago se ha echado novia. Se llama Laia, es rubia, es diez días mayor y tiene siete dientes. La cosa empezó hace varios meses, cuando Iago aún no sabía gatear. Laia se acercaba y aprovechaba su inmovilidad para besarle con violencia. Iago la correspondía. Cerraba los ojos, abría la boca y sacaba un poco la lengua como Torrente Ballester.

El asunto ha despertado cierta expectación en la guardería por tratarse de especímenes de un año. Como en clase son cinco niñas y dos niños Laia ha demostrado cierta precocidad aritmética. Lo normal a esta edad es jugar aislados, apenas conscientes de la existencia de los otros, por eso las monitoras abandonan las clases por turnos para observar la evolución. Como esperando les sean revelados los misterios del amor en sus orígenes, como si consultaran a los griegos. Pero las conclusiones son las mismas que ante el mono lanzando el hueso en 2001 de Kubrick. Si Iago tiene un juguete Laia se lo quita y Iago busca otro. Si intentan tocarse se golpean o se meten los dedos en los ojos y lloran. A veces intercambian los chupetes. Poco más.

La novia de Iago en EL MUNDO

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