Al principio se dejaban los libros, pero a medida que se acercaban los exámenes también había que dejar notitas. En la universidad reservar un sitio en la biblioteca era muchísimo más importante que estudiar. Para aprobar uno solo tenía que sacar los apuntes, los fosforescentes, los libros, el boli, la goma, una vaquita talismán de gomaespuma, un calendario de María Auxiliadora, y dejarlos macerando mientras salías precipitadamente a socorrer a un café o a un pitillo. Como yo no fumaba me iba a ver fumar a las compañeras, que se agarraba un codo mientras escuchaba los secretos que el cigarrillo le susurraba al oído, y de los que tú solo ibas a conocer el humo.
Ligar en la biblioteca era complicadísimo, sobre todo si habías decidido desperdiciar tu vida estudiando el suicidio anómico de Durkheim o el Demiurgo. Cualquier mujer sabe que no engendrarás hijos con posibilidades de ir a colegios donde los niños cierran los telediarios soplando cristal de bohemia, o van al campamento Masterchef. Para eso ya están los estudiantes de ciencias, que en la Universidad de Navarra, muy acertadamente, contaban con su propia biblioteca.

Un riñón de biblioteca en EL MUNDO

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