A mi hijo Iago dudo que lo bauticemos, por lo menos el día de su bautizo. En la ermita de San Benito de Cova do Lobo, que es a donde vamos, no dejan. De hecho no hay ni pila bautismal. Aquello es tan raro que ni siquiera se sabe si lo construyeron o no los benedictinos en el siglo XII. Sólo que el que lo hizo quería fastidiarle a las meigas uno de sus escenarios favoritos de ritos paganos. Ahora lo comparten los devotos del creador de los monjes negros, que cura las picaduras de ortiga y hace desaparecer las verrugas, con mujeres que pasan a los bebés por el agujero de una piedra, y luego abandonan su ropa entre las mimosas.

Yo nunca vi meigas por la ermita. Vi botellones. Y un jabalí pequeñísimo que brillaba como si estuviera untado en aceite. Cuando vivía allí me gustaba salir a correr por esos montes de granito, con urracas gordas como orcas brincando de pino en pino. Cuando llovía en el bosque se hacía de noche, y se convertía en el lugar ideal para pasearse después de muerto. Uno de esos días vi una loba gris escuálida. Las mamas le arrastraban por la tierra. El día que pasé más miedo hubo una granizada y las velas de las ventanas de la ermita se encendieron como por los chispazos del hielo contra el enrejado.

Pulpo, una historia de amor en EL MUNDO

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