Igual que es prácticamente imposible recordar cómo era el mundo sin internet o teléfonos móviles, pronto será casi imposible recordar cómo era España sin gimnasios ni tatuajes. Sin botes de proteínas ni spinning con tutús. Sin infinitos en la nuca, pájaros en la muñeca, maorís en los hombros, atrapasueños en la columna, notas musicales detrás de la oreja, huellas de mascota en el gemelo, mariposas al final de la espalda, tribales en el muslo, el ying y el yang en el glúteo, gótico en la ingle, celta en el empeine, egipcio en el antebrazo, sánscrito en el escote, latín en las falanges.
El verano es época ideal para encontrar soluciones sencillas a problemas complejos. La mía es una ley seca de tinta, una moratoria de gimnasios, pero no por considerarlos responsables de todos los males de la Generación X, de la de los millennials, de los nativos digitales, sino para saber qué sería de nuestras vidas sin esos aditivos. Qué haríamos si no dedicáramos parte de nuestras vidas a desarrollar músculos inútiles para la vida corriente. Cómo actuaríamos sin el mandala de nuestro omóplato no dibujara nuestra identidad.
Ley seca de tinta y gimnasio en EL MUNDO

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